Hay un momento en la vida en el que todo veinteañero se hace treintañero. O lo que es lo mismo: a todo cerdo le llega su San Martín. La delicada y frágil línea que separa una década de otra apenas es unas horas, un día, unos meses, un año. Sin embargo, el cataclismo generacional se perfila rápidamente, como la línea del contorno de ojos que, por primera vez, exige potingues y demás  brebajes estéticos para volver a ser jóvenes, como si eso fuera posible más allá del mundo de los vampiros y demás espectros pueriles.

Dicen los ilusos que los treinta son los nuevos veinte. Semejane espejismo apenas funciona en el debut del  tercer decenio, antes de la mitad del séptimo lustro de existencia, puesto que esta teoría provocada por los delirios de mocedad se invalida automáticamente gracias a su aplicación sobre cualquier otra frontera temporal del ser humano. Y así nos encontramos con que los veinte, ni de lejos, son los nuevos diez. ¿Quién, aún en su insano juicio, querría volver a pasar otra vez por la extirpación de cráteres pubescentes, el darwinismo social del instituto y demás alteraciones hormonales una vez alcanzados los primogénitos y únicos beneficios de la incipiente etapa adulta?

Para demostrar que los treinta de ahora tienen mucho de los treinta de siempre, aunque nos hayamos librado del clásico combo social representado por la secuencia matrimonio/hipoteca/hijos/perro, sólo hay que desvelar el  multicolor camuflaje urbano a base de los mismos dimes y diretes de una adolescencia excesivamente prolongada. Si a los quince, las visitas al odontólogo con el plus de una reluciente ortodoncia son una exigencia más de la correctiva adolescente, a los veinte son una licencia tardía de la amnesia estética. Pero a los treinta, admitamos la crudeza de la honestidad, un aparato sobre nuestros dientes resulta, más que anacrónico, descarriado. Si a los veinte, pasarse el fin de semana de bares en clubes, de clubes en afterhours y de afterhours en bares, a los treinta semejante conducta resuelta es percibida como un excenso de audacia. Si a los veinte es posible beber con dignidad ron barato con cola, a los treinta hay que tener un poco más de clase y pasarse a la bebida de los intelectuales bisoños: el gin tonic. Si a los veinte uno demuestra su vigor juvenil vomitando la melopea diaria de esquina en esquina, a los treinta hay que tener el valor y la elegancia suficientes como para conformarse con un ligero estado de ebriedad un día a la semana. Si a los veinte, las minifaldas a la altura del cinturón son una bendición para los próceres del patriarcado, a los treinta hay que resignarse con una falda por encima de las rodillas que camufle los indicios y cicatrices de una celulitis inexpugnable.  Si a los veinte uno puede cometer errores cuando se le antoje gracias a la soberanía de la prometedora enmienda futura, a los treinta el yerro es como un yunque y corremos el riesgo de morir aplastados por nuestras ya imperdonables equivocaciones. Si a los veinte el fracaso es un holograma del mañana, a los treinta es un tatuaje del ayer.

Hay determinados contextos socioculturales en los cuales los treinta todavía exhalan un hálito de prístina juventud: el mundo del arte, el de la arquitectura y el de las altas esferas para los grandes hombres de negocios. Aquí no se permite una entrada triunfal por la puerta principal si uno no supera los cuarenta o, siendo más exactos, si no roza los cincuenta, edad en la que -dice la chanza popular- se puede cambiar a la consorte por dos gemelas de veinticinco. A los treinta, para cometer semejante acto de insubordinación conyugal, uno tendría que efectuar la permuta con dos adolescentes tailandesas. Pero entonces, además de perpetrar un imprudente episodio de censura social, se incurriría en un palmario movimiento de pederastia y racismo involuntario y, por consiguiente, de delito mayor y supremo. Hay casos en los que a los treinta uno todavía es demasiado joven como para permitirse hacer ciertas cosas. O que treinta no es un número suficiente. De hecho, si uno fuese Ali Babá, todavía le faltarían diez ladrones para completar el proverbial e inverosímil siniestro.

Anuncios

Hay días en los que a uno no le importaría que un coche le pasase por encima. Más que como un suicidio, podría catalogarse como un voluntario homicidio pasivo. Claro que, eso sólo lo sabe el que se no se deja mover por sus piernas y permanece en el medio de la calzada, esperando el, posiblemente, último gran encuentro de su vida. Los demás, en cambio, sólo perciben un homicidio involuntario en vez de ese acto más que comprensible de pasividad suicida en determinados momentos de la vida. Pero entonces uno piensa, como Wislawa Szymborska, que “morir –eso no se le hace a un gato-”. Como tampoco se ensucian con sangre las aceras, especialmente si hay niños jugando en el parque. Dejarse morir, eso a un desconocido dentro de un coche no se le hace. Menos aún se le hace eso a unos padres que nos han mimado, cuidado y protegido hasta la extenuación filial. Morir potestativamente. Eso a un novio no se le hace. Como no se le hace eso a determinados amigos. No es de buena educación dejarse morir si otros, de vez en cuando, se desviven por nosotros. Morir. Eso a una arrendador no se le hace. Ni a un banco, ni a la compañía de seguros, a la del teléfono e internet, a la del gas, a la de la luz, a la del agua. Morir, eso al capitalismo no se le hace. Porque es descortés suicidarse si uno tiene deudas.

El suicidio, que alguna vez se presentó como una de las formas más absolutas, valientes y honorables de determinación personal es, hoy día, una de las formas de grosería más grandes que existen. Y no por su estatus de delito, su censura permanente desde las altas esferas de la cristianidad heterodoxa o por la fundación de traumas y psicosis varias en la vida de los que nos conocieron, sino por todas las obligaciones sociales que se dejan suspendidas en la vida de los otros. Es, por cuestiones en torno a la responsabilidad socioeconómica y sus efectos colaterales, que los seres humanos tendemos a cruzar correctamente las calles cuando se aproximan coches en la distancia. Porque no es de buena educación morirse si no hemos tendido la ropa que dejamos en la lavadora horas atrás. O desatender las cartas del buzón. O no estar en casa por Navidad. O amputar ramas del árbol genealógico que tanto se esforzó por crecer. O engordar la cara oculta y vergonzosa de las estadísticas en la sociedad del nocivo bienestar. O no terminar todos los libros que decidimos empezar a leer. O no asistir a la boda de algún primo lejano. O no quitar el polvo de las estanterías. O no recoger la bicicleta que dejamos en el taller la semana pasada. El suicido es desconsiderado y de mala educación porque implica dejar los deberes existenciales a medio hacer.

Alguien debería escribirle otra oda a los calcetines. No una sino otra nueva, actualizada, porque el poeta preferido por los adolescentes enamorados, Pablo Neruda, ya dedicó unos versos en clave de alabanza a una de las herramientas estéticas menos encomiadas por el veleidoso distrito de la moda: los calcetines. Ese par divisible en dos son la pieza más estoica de nuestro atuendo habitual. Y no porque se encarguen de proteger una de las partes menos fragantes de nuestra fisonomía, los pies, sino porque lo hacen con toda la enjundia de la resignación.

A diferencia de los zapatos, los calcetines ni se rebelan ni se pronuncian a base de sutiles apretones capaces de provocar un terrible dolor gracias a la resistencia intransigente contra la falta de espacio vital inferior. Los calcetines tampoco se quejan cuando los separamos de su pareja y los abandonamos desconsideradamente en el fondo del tambor de la lavadora; ni cuando lo dejamos colgados contra las cuerdas a su suerte, entre la destemplanza climatológica y la frágil sujeción de las pinzas de la ropa; ni cuando los volvemos a disociar de su compañero al extraviarlos en diferentes compartimentos dentro del gusto de los armarios por la acracia organizativa; ni cuando los escondemos detrás de la petulancia de los zapatos, quienes siempre saben captar miradas de atención,  están más que habituados a las onomatopeyas de admiración y presumen de ser uno de los accesorios más caros del hábito posmoderno. Así como los calcetines siempre serán humildes, los zapatos ya no son lo que eran. De la singularidad de su adquisición y la importancia de su funcionalidad han pasado a ocupar el peldaño de la arrogancia en el abisal arte de la apariencia.

Los calcetines no se quejan, aunque debieran, de su intranscendental significancia estética. Asumen, aceptan y se responsabilizan de sus funciones apotropaicas contra los sicarios del malestar podológico. Su reclusión constante dentro de la vanidad de los zapatos y la absorción continua, silenciosa y amable de un hálito pestilente, componen la desgracia consustancial al hecho de ser simplemente el tejido que cubre el pie, casi siempre el tobillo y, en contadas ocasiones, la rodilla. A pesar de la amnesia efervescente de la moda, la dictadura posmoderna por excelencia, los calcetines no son un envoltorio para pies. Son los responsables últimos de nuestra destreza estética en la guerra contra las cacofonías cromáticas y la vanguardia del fetichismo. Es más, si los calcetines pudiesen hablar, seguramente morderían.

“El saber no ocupa lugar” es una frase repetida hasta el empacho desde los altillos polvorientos de la sabiduría popular, una erudición de andar por casa que, sin embargo, poco sabe de mudanzas. Por inmaterial que se pretenda el contenido de los libros, éste no deja de exigir un formato cuadrangular a base de papel para manifestar su distinguida existencia entre nosotros, ordinarios consumidores de la intelectualidad.

El saber no sólo ocupa lugar: ocupa sitio, espacio, tiempo y dinero. Pero para auxiliarnos en nuestra custodia doméstica del saber, afortunadamente existen respetables macroempresas transnacionales como Ikea, cuyas estanterías low cost hacen las delicias de los eruditos posmodernos, de los nostálgicos adultos que se sienten demasiado veteranos como para comprarse un Lego o un Tente y de las parejas que deciden dedicar la sobremesa de los sábados con acaloradas discusiones conyugales en público entre sofás, colchones y platos que, para poder romper a gusto, primero han de abonar en caja.

El modelo preferido por la mayoría de los vasallos del omnipresente reino sueco es una estantería cuyo utilidad es más decorativa que otra cosa. Un exceso de fondo, probablemente debido a su gusto por la cuadratura perfecta, hacen de este modelo la estructura imperfecta para la acumulación de nuestro saber y, de paso, la perfecta superficie para la expeditiva cosecha diaria de ácaros. No en vano, dicho modelo se llama expedit, bautismo que le va ni pintando si se tienen en cuenta las extrovertidas contradicciones del diseño en cuanto a funcionalidad y onomástica.

Pues bien. El saber no ocupa lugar. Hasta que llegan las mudanzas. Es entonces cuándo uno se caga en todos y cada uno de los libros que se ha comprado a lo largo del tiempo, volúmenes in-dis-pen-sa-bles que uno dispensaría con la insólita diligencia de una patada todopoderosa. Las mudanzas son también el momento adecuado para cagarse en Ikea, en su filosofía postdoityourself y en nuestra debilidad por el yugo de la accesoriedad doméstica gracias a sus rebajas permanentes. Aunque tanto monta, monta tanto un mueble de Ikea que un libro, ya que ambos son insignes protagonistas de la producción inútil en la era de la reproductibilidad mecánica, no es lo mismo tirar a la basura un libro de Douglas Coupland que una estantería de conglomerado escandinavo. No obstante, si se piensa bien, nuestra pasión por la recolección compulsiva del fetiche literario por antonomasia convierte al libro en un objeto decorativo más, casi al mismo nivel que esos gatos chinos y dorados que mueven su brazo izquierdo insistentemente o esas velas aromáticas que no logran quitar la grávida pestilencia de nuestra liviana existencia.

Los libros, a pesar de sus historias, no dejan de ser una entrada más en el célebre manual de las artes decorativas y demás elementos identitarioambientales. Una buena colección de libros es algo así como una buena colección de amantes. Con la pequeña salvedad de que, mientras podemos exhibir con orgullo los primeros, debemos mostrarnos más cautelosos en nuestra ufana ostentación de los segundos. Aunque, a diferencia de los amantes, los libros no se ofenden tanto si uno no los tiene en cuenta a la hora de hacer un repaso por los momentos ilustres de nuestras horas perdidas en la pereza de la cama. No obstante, la adquisición de ciertos libros infames desacredita nuestro gusto casi tanto como la conquista de ciertos amantes para la amnesia. Afortunadamente, sólo los libros y otros objetos personales permiten una poligamia inventariada desde los circuitos de exhibición doméstica. Pero hay que ser cuidadosos y estar al tanto porque, tanto unos como otros, se van fácilmente con el primero que los coge sin permiso. Y sin posibilidad de retorno.

Los libros son uno de los pocos objetos que hacen funcionar nuestras tarjetas de crédito sin que lleguemos a sentir la clásica culpa por nuestros asidua participación dentro la mercadotecnia cotidiana. Es más, los libros (que no la literatura) son una coartada perfecta para la pirotecnia crematísitca. Mientras que comprar diez camisetas de golpe es visto por nuestros congéneres como un ejemplo de compulsividad alarmante y falta de decisión ante la disyuntiva, la  misma operación con libros es observada como una prueba fehaciente de ilustrada literofilia. Pero si las camisetas van directamente al fondo de un armario insaciable, los libros no padecen mejor suerte y ceden sus funciones especulativas a la suerte de la escenografía doméstica. A fin de cuentas, el destino de los libros es también una cuestión de estilo: cegar sutilmente a los otros con nuestro atuendo intelectual.

Porque, si nos dejamos de consideraciones retóricas y demás justificaciones elocuentes, comprar libros es una soberbia estupidez basada en la presunción de que algunos objetos trascienden su cualidad de objetos. Cuando compramos muchos libros, la probabilidad de la lectura de todos y cada uno de ellos disminuye considerablemente. Además, a medida que pasa el tiempo, nuestra amnesia prospera indefectiblemente y no nos acordamos de nada de lo que hayamos leído pocos meses atrás, motivo más que suficiente para dejar de comprar volúmenes insistentemente y centrarse en la relectura de lo ya habido y por redescubrir. Comprarse un libro es lo mismo que comprarse una camiseta que uno sólo va a usar una vez en la vida. Y nadie comete semejante memez, ¿no?

La atracción es una manifestación de la ley irregular de gravitación intersubjetiva. Con un corpus legislativo basado en el continuum de las discontinuidades alternas, esta legislación involuntaria del pathos se erige sobre dos principios fundamentales y contrapuestos: el elitismo y la ordinariez en el gusto.   Mientras que, en ciertos individuos, basta con la mínima manifestación de una situación idónea en la que las posibilidades de un encuentro corporal con el otro indiquen el cese momentáneo de las prácticas onanistas para que se dé el surgimiento de atracción sexual, en otros individuos se observa, sin embargo, la aparición involuntaria de una aduana de las pasiones auspiciada por la guía del maniático sentimental.

Este diligente vademécum contra los efectos indeseados de conductas amatoriales irreflexivas que tienden a proliferar en el confuso espacio-tiempo nocturno, actúa súbitamente para anular la intromisión a posteriori de segundos dentro de la hermética intimidad de los desayunos. Ya se sabe que resulta más fácil compartir un orgasmo que un café con otra persona. A diferencia del sexo, que puede estar basado tan sólo en implicaciones y respuestas somáticas, el café comprende un espacio de relación que requiere de la cordialidad, locuacidad e inteligencia que nos impone la dinámica selectiva del diálogo. No por casualidad hay sujetos que invitan con mayor destreza a un orgasmo que a un café. Motivo éste, fundamentado generalmente por las escasas alianzas sentimentales de unos sujetos con respecto a otros en todo lo que atañe al intercambio mutuo y pancista de sustancias corporales.

La guía del maniático sexual no deja de ser una extravagancia indispensable para aquellos sujetos que, por el contrario, necesitan de una disciplina impuesta desde la construcción de circunloquios que sencillamente se basan en un dictamen personal e intransferible que pudiera enunciarse sucintamente de la siguiente manera: “tú no me gustas lo suficiente”; siendo dicho “suficiente” un cúmulo de requisitos ininteligibles y extralimitados que aparecen de la nada suspicaz y convenientemente. Para todos aquellos sujetos que atesoran precauciones contra  los daños colaterales de cualquier atracción insustancial, este prontuario de la ortografía pasional contiene diversas propiedades simultáneas: la reescritura constante de sus estipulaciones gracias a cada lance empírico de gravitación sexual por resolver;  el carácter particular y subjetivo de sus locuciones, no obstante su condición de legibilidad por segundos y terceros; la imposición automática de sus preceptos aún bajo la oposición voluntaria del usuario.

Las lógicas consecuencias deductivas de la existencia de semejante manual de sibaritas de la pasión vendría a ser una escasez de la actividad carnal en los sujetos que obedecen a sus reglas facultativas. Sin embargo, gracias al extraño desorden de las contradicciones, el silogismo no se cumple en muchos casos ya que el elitismo del gusto está atado a  la contingencia del factible cumplimiento de los requisitos por parte del otro y a la plusvalía de la ley irregular de gravitación intersubjetiva gracias a lo extrínseco de los acontecimientos. Es más, una aguda observación empírica permite evidenciar que la carencia de dicho decálogo de normas no sirve de sustrato para una prometedora carrera en la promiscuidad interina. No osbtante, a falta de otros hábtitos afectivos, el hedonismo se cumple en ambos casos, ya sea gracias a los espasmos del orgasmo o gracias a la complacencia del elistismo y el rechazo del gusto. Porque, a fin de cuentas, tanto el sexo como el gratificante rechazo del mismo son otro anabolizante más, pero sin receta médica.

Se dice que la bicicleta es el invento más noble creado por el hombre. Aunque la experiencia de un pretérito empírico nos indica que el vínculo de la nobleza y el ser humano es más bien una relación marcada por su contumaz condición de divorcio discrecional, la alucinación pueril nunca nos abandona. Y es así como nos creemos acreedores de adjetivos fraguados desde la incompatibilidad de la discordia.

La nobleza no es precisamente la cualidad del hombre, quien frecuentemente prefiere enfilarse por otros derroteros más lucrativos y menos dolorosos. No obstante, a veces el ser humano tiene ganas de experimentar desde su artificiosa naturaleza, transige por un rato sus derivas desinteresadas y se vuelve noble a tiempo parcial. Porque la nobleza sólo es permanente en algunos miembros de la fauna y en ciertos objetos donde el diseño se somete a la funcionalidad. Para nobles, los perros. Y las bicicletas. Cuando los perros y las bicicletas son indignos es por factores externos y a causa de sus propietarios. Sin embargo, ya se sabe el lugar que ocupan las cosas nobles dentro de nuestra sociedad: el rígido y escueto territorio a los pies de la cama o la oscuridad polvorienta del garaje.

Si bien la historia de la bicicleta es una crónica sobre ruedas, tuvimos que esperar a nuestro italiano predilecto, el ingeniero Leonardo y demiurgo Da Vinci, para que la cosa empiezase a tomar forma de vehículo personal. Y del Renacimiento al neoliberalismo para que la bicicleta adquieriese su pátina de objeto exclusivo, pasando por estrella cinemtatográfica, soporte hercúleo en competiciones itinerantes y entidad predilecta para el hurto por los infames villanos que no tienen un rostro sobre el que escupir a disgusto o una mano que cortar, desempolvando de paso viejas y exóticas tradiciones.

A la bicicleta, la nobleza le viene dada además por su rancio abolengo. Descendiente directa de las manos del barón Carl von Drais a modo de revisión ilustrada de la costilla de Adán, la dresina vino al mundo para anunciar la llegada del único medio de locomoción con conexiones extremadamente románticas entre propietario y objeto. Eso sí, sin los quebraderos de cabeza, la malsana pasión por las manzanas y las tendencias estéticas en clave de bañador a base de brácteas de aquella Eva malparida. Es más, la bicicleta apareció en el mundo para invocar e instaurar microparaísos en el infierno de asfalto.

No obstante su nobleza, su condición de apéndice amable y su entrada en el olimpo de los estetas en movimiento, la bicicleta no carece de porfiados enemigos. Los hay que las roban porque sí y los que las roban en un arranque de factible proxenetismo a cambio de cuatro duros que también se perderán dentro de los envites de la economía sumergida; los hay que luchan contra ellas desde la acera y desde su condición de intransigentes peatones amparados por el arbitrario paternalismo metropolitano; los hay que arremeten sutilmente contra ellas desde su despotismo motorizado a base de cláxones e insultos que rebotan contra el parabrisas; los hay que las ignoran invadiendo los escasos espacios de hábitat que se les conceden gracias a la risueña hostilidad de la infancia con sus niños escandalosos, sus incondicionales madres y sus molestas pelotas de fútbol; los hay que incluso se atreven a ir encima de ellas para fastidiar la perfecta línea en movimiento que trazan consustancialmente las bicicletas y así, sin mediar palabra, constreñir al uso de otros espacios que, irremediablemente, estarán habitados por el resto de adalides de la lucha contra el invento más noble creado por la mano del hombre. Porque la bicicleta ocupa una de las muchas paradojas de esta y otras vidas: una creación noble dentro de una realidad tan miserable como el tránsito urbano.

Y un día dijo el profeta, porque no tenía otra forma de llamar nuestra atención y porque tampoco tenía mucho más que decir en ese momento… “Y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Pasados unos cuantos siglos llegó otro profeta a la tierra y, haciendo uso del apropiacionismo enunciativo, retomó el epígrafe mesiánico y gritó a los cuatro vientos gracias a un micrófono “¡Y la tecnología os hará libres!” (Gates 19:55) Y a éste sí decidimos creerle.

Lo que no nos dijo el mesías tecnócrata es que semejante frase era un contrato social con un sinfín de cláusulas en tipografía 3x3px. de impracticable desciframiento para todos aquellos humanos sin la correspondiente aplicación para la hermeneútica de códigos proféticos con un brillante por veni, vidi, vici. Aunque la verdad era más barata (en un sentido pecuniario, claro está, porque ya se sabe que lo barato frecuentemente sale muy caro), al común de los mortales nos sedujo mucho más la onerosa artillería ligera de la tecnología. Y cierto es, nos hizo libres, pero libres de pensar. Libres de hacer algo los fines de semana. Libres de dormir por las noches. Libres de la comunicación interperonal en vivo y en presencia directa. Libres del darwinismo relacional. Libres de la literatura a tiempo parcial. Libres de los fluidos sexuales del otro. Libres del derecho a desaparecer por un rato considerable. Libres de la imaginación a la hora de masturbarnos. Libres de la obligación de tener que estar siempre y a veces. Libres de la indiferencia hacia los que deportamos de nuestras vidas. Libres de la corrección gramatical. Libres del anticuado sosiego. Libres de la oscuridad de los cines y del sudor de los conciertos. Libres de la confianza en el prójimo. Libres del amor unidireccional. Libres de la creación musical en grupo. Libres del individualismo meritorio. Libres del virtuosismo aleatorio.  La tecnología vino a libernarnos a todos de la determinación que exige la voluntad y de la voluntad que exige la determinación. Y, de paso, a demostrarnos que, dentro de los cables, están los adoquines.

Hay un momento en la vida de todo ser humano en el cual el sentimiento de culpa se erige como el protagonista absoluto de toda la escena en esa película de autor con pretensiones existencialistas dentro de la cual, frecuentemente, somos más villano que super héroe. Será que los villanos tienen más clase vistiendo y que las mallas ajustadas y de colores estridentes no le quedan bien a nadie con más de dos dimensiones que padezca los excesos calóricos de las delicias culinarias fast food.

Jesucristo, uno de los pocos héroes que se dejó vencer por los rufianes y bellacos del momento, prefería el look homeless a base de andrajos, harapos y demás descosidos de la alta costura bíblica. Y algún que otro poste de madera para su estelar entarimado vertical. Con el fin de remediar tal osadía en el arte de la indumentaria, su séquito anacrónico dejó de lado las delicias del algodón rústico para pasarse a los encantos de la seda, las piedras preciosas y demás alhajas contraindicadas contra cualquier conducta cenobítica. Pero, además de una mutación en los hábitos, Jesucristo obsequió a la cultura occidental con un gran sentimiento gracias a los poderes cósmicos del abintestato: la culpabilidad.

La gran herencia judeocristiana no son las tartas arquitectónicas de mármol y demás piedras pesadas en el centro histórico de las ciudades, esos grandes templos del acicalado laicismo turístico. Tampoco lo son las festividades del santoral que tan impíamente celebramos a conveniencia sin saber exactamente qué se conmemora. No, señores y señoras, el gran legado del judeocristianismo es el sentimiento de culpa, un atavismo que se transmite urbi et orbi de padres a hijos, de hijos a primos y de primos a incautos.

La culpabilidad es algo bastante fácil de definir: es la responsabilidad que sentimos cuando se tiene culpa. Y la culpa es nuevamente una responsabilidad, la que tenemos por haber cometido un acto incorrecto. De aquí  se infiere que, para suprimir la culpa de nuestra cadena se sentimientos, primero habría que descartar la responsabilidad como pauta de relación con los demás y con el mundo, esa pesada bola que hace de cada individuo un Atlas involuntario. La culpabilidad vendría a ser algo así como escribir con faltas de ortografía siendo conscientes de ello. Claro que la ausencia de tildes y mayúsculas, la conmutación de la b por la v o la supresión de la h en momentos decisivos para la comunicación por chat no se parece ni en lo menos mínimo a situaciones como una resaca tras otra sin el respaldo de las efemérides o el deseo manifiesto por la amiga de tu mejor novia o el robo intelectual de una idea crematística o el impago del alquiler o el fraude por una amistad colateral o la desconfianza absoluta sobre tu mejor amigo o la admiración incondicional hacia tu peor enemigo o la excesiva ingesta de chocolate a altas horas de la madrugada o el recelo hacia las personas que supuestamente uno quiere más o la procrastinación o la masturbación matutina o el deseo de exterminio de la humanidad colindante en la cola del supermercado.

Gracias Jesucristo. Por la responsabilidad a pie de página en cada una de nuestras acciones. Por los atuendos en algodón blanco que propagan la tradición evanescente en Ibiza. Por la carpintería doliente y las cruces. Por el new age. Por las hostias. Por las multiplicación de los panes, los peces y las bofetafas en las mejillas. Por los pijos en forma de hippies. Por los curas disfrazados de psicólogos. Por los manuales de autoayuda externalizada en el confesionario capitalista. Por los embarazos inesperados. Pero sobre todas las cosas, gracias por la culpabilidad y por su arma mortal: el ius puniendi.

A la historia contemporánea le debemos muchas cosas. No en vano, es la época histórica que más inventos y acontecimientos nos ha legado. De momento y hasta que el futuro demuestre ser la caja de pandora que todas las películas de ciencia ficción nos prometieron, dejamos las efemérides a un lado, seguimos esperando la llegada del monopatín aéreo de Mcfly y nos centramos en uno de los grandes trebejos de nuestra reciente crónica de los afectos: el concepto de “ex”. Nunca tan pocas letras dieron tanto dolor de cabeza, a excepción del IVA y del IRPF.  De hecho, este prefijo es el promotor de un nuevo impuesto, el Impuesto sobre las Relaciones de las Personas Sentimentales (también conocido como el IRPS) que, en muchos casos, excede el 15% de nuestro patrimonio romántico.

Tanto el “post” como el “ex” comparten un lugar privilegiado dentro de la imprecisión de los prefijos gracias a su gusto por los anacronismos y a la engorrosa tarea de reubicación de los acontecimientos que padecen. Aunque, a diferencia del primero, el “ex” es mucho más poderoso porque practica con entusiasmo y grosería la sinécdoque. Por antonomasia, un “ex” es una persona que ha dejado de ser pareja sentimental de otra. Por defecto, un “ex” es un espectro intermitente que provoca urticaria y una disminución de las defensas legítimas contra el pasado.

Antes, en la época de nuestros abuelos, eso del “ex” no existía. Y menos en plural, conformando en forma de  lista la evidencia procaz de nuestra irremediable capacidad para el fracaso sentimental. Antes la gente tenía marido o mujer, querida o amante;  ahora las personas tenemos una comentada antología de “ex” con extensas notas a pie de página que sirven para infundir respeto, pánico o cólera a la persona que ocupará el próximo puesto privilegiado de semejante florilegio sentimental.

El “ex” siempre vuelve al futuro, como el Delorean. Y lo hace con una sonrisa bien grande porque sabe que juega con ventaja frente a sus competidores presentes. Porque al “ex” se le perdona todo por los daños inflingidos contra él en el pasado gracias las distancias compartidas. A veces llama a la puerta o al teléfono o escribe mails o se aparece en sueños o por la calle, sabiendo que no se nos está permitido darle un rotundo “no” por respuesta. Es entonces cuando exhibe con satisfacción y petulancia un salvoconducto invisible con el IRPS escrito en negrita y bien subrayado para recordarnos que el presente no está exento de impuestos sobre el futuro gracias a las deudas del pasado.


La amabilidad está pasada de moda. Será que, gradualmente, el trato con los demás poco tiene de delicado, complaciente o agradable. No es amable quien quiere, sino quien puede. Cuando no se sabe ser amable, siempre se puede ser cordial. Pero para ser cordiales hay que ser honestos. Sucede que la honestidad también está pasada de moda o, en muchos casos, es un aspaviento de segunda mano. De las verdades que nos incumben siempre nos enteramos por boca de otros porque, total, las mentiras ajenas son competencia de los que mienten y no de los que las destapan como quien descorcha una botella de champán barato. Y ya se sabe que el alcohol de escasa calidad deja unas resacas de cojones.

El engaño, no obstante, cotiza al alza en nuestra tribuna de valores. A corto plazo, el índice de beneficios de la inversión en ficciones capciosas es mucho mayor que la flemática financiación de las  sinceridades. En una época en la que la inventiva está a la orden del día en todas las asignaturas sociales, el engaño supone una de las formas de creatividad más democráticas y sofisticadas que existen. Porque la mentira es un derecho universal. Porque para mentir no hace falta ser rico ni guapo.

Dado que el engaño se funda en la imaginación y ésta es la conditio sine qua non a la hora de diferenciar al ser humano del mono, nuestra tendencia a la proyección de realidades paralelas no es otra cosa que una forma de defensa creativa ante una realidad insatisfactoria. No miente quien quiere, sino quien puede. No obstante, el engaño es una de las formas de amabilidad más sublimes que existen porque se funda en la conmiseración ante las penurias que somos capaces de provocar con nuestra involuntaria potestad sobre el otro. Eso sí, requiere dosis elevadas de detergente para conciencias y una cuota considerable de elegancia. Pero tampoco es elegante quien quiere, sino quien puede. Y ya se sabe que la elegancia es una de las formas más engañosas de arrogancia que existen.