La peluquería es la institución mental a la que uno acude antes de llamar dos veces a la puerta de cualquier otro frenopático ocasional. Cuando se quiere cambiar de vida pero a lo máximo que llega el impulso es a un anémico cambio de apariencia, quedan dos opciones: las tienda de ropa y las peluquería. Dado que en las primeras el trato personal no está garantizado gracias a la doctrina favorita del capital, CIY (Choose It Yourself), el pusilánime existencial opta por la segunda opción, donde el contacto directo del peluquero sobre su cabeza articula simulacros afectivos.

En teoría uno va a la peluquería porque quiere, o bien cortarse el pelo, o bien cambiar de look capilar. En la práctica, la amputación de cabello supone una maniobra un poco más trascendental de lobotomía superficial. Porque cuando una persona reclama continuas reformas de arquitectura capilar a lo largo de un período de tiempo más o menos breve, lo que está manifestando es una sobresaliente ineptitud a la hora de ejecutar transformaciones tales como un cambio de trabajo, de casa, de pareja, de amistades, de ciudad, de dieta alimenticia, de gustos literarios o de cepillo de dientes. El sociópata en paro, en vez de fagocitar sus problemas, se decanta por la guillotina estética sin darse cuenta de que la felicidad de un nuevo corte de pelo apenas dura lo que dura el corte. Porque los peinados, a diferencia de las decisiones, se deshacen.

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