La Posmodernidad le dio con la puerta en las narices a todos aquellos grandes y pretenciosos relatos que llevaban años y años desfilando por la gran alfombra roja del pensamiento. La gala del inmutable gran Festival del Cambio se transformó en la dantesca Resaca de lo Inverosímil. Y aún nos duele la cabeza, a pesar del ibuprofeno de cada día. Sin embargo, entre las sobras del empacho volitivo de lo Posible todavía desfila un superviviente: el príncipe azul. Será que, al ser rubio, se hizo el sueco. Y, en vez de morirse como todas las demás inverosímiles ficciones creíbles, decidió quedarse a la deriva, sin arca y sin Noé redentor pero destiñendo de rosa embaucador los insomnios de todas las neoprincesas histéricas que exigen albedrío sentimental a la vez que lloran porque nadie les compra flores y las rescata del cinismo polígamo de los idilios de sábado por la noche.

El príncipe azul de nuestros días es pusilánime. Será que le quitaron su refinado corcel. Para conquistar doncellas posmodernas que vivan en un ático de lujo no es necesario un caballo: hace más falta tener un teléfono caro, un par de carismáticos zapatos y la intensa actitud de “hoy me caso contigo pero mañana no me pidas que me acuerde de tu nombre”. El príncipe azul, a pesar de su cromática patente –pantone process blue-,  empalidece cada vez que le hablan de un tal mañana porque a él, en el Colegio de la Aristocracia Afectiva, sólo le enseñaron la conjugación del presente. Motivo por el cuál se escabulle cada mañana de una guillotina con zumo de naranja, besos pringosos, mermelada de fresa e impracticables adverbios. Porque, para desesperación de muchas neoprincesas y sus apresurados aprendizajes culinarios en la sección femenina del Colegio de la Alucinación Sentimental, al príncipe azul posmoderno no le gusta quedarse a desayunar por las mañanas. Será que nuestro galán condeco(lo)rado practica voluntariosamente el ayuno romántico y prefiere irse de cañas con el resto de paladines de la promiscuidad. Y, de paso, ir a recoger su nuevo uniforme a la tintorería para para inminentes y arriesgadas hazañas. Porque tanto el príncipe posmoderno como la neoprincesa hacen gala de una pigmentada y esmerada educación estilística, acorde a cada brote pasional, a cada velatorio amatorio y a cada funeral sentimental.

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