Si las lavadoras aterrizaron en la tierra para terminar con la hacendosa tarea de las lavanderas, las lavanderías se instalaron en los barrios de las grandes ciudades para acabar con la mecánica complicidad doméstica de las lavadoras. Y para obsequiarnos con otro locus amoenus en el que conocer al gran amor de la semana. O, al menos, de los minutos que duren el lavado y el secado de la colada. Eso siempre y cuando lo que nos cuentan las películas sea cierto y no otro cuento de hadas posmoderno.

Las lavanderías y las lavanderas están mucho más cerca entre sí de lo que pudiera pensarse, aunque de por medio tengan dos útiles dispositivos caseros que hicieron el desplacer de los fámulos comparable al placer de las diligentes amas de casa: el lavadero individual y la máquina de lavado unifamiliar. Tanto las lavanderías como los lavaderos públicos de los pueblos desempeñan su preclara función como enclave social estratégico en el que ponerse al día de las últimas tendencias de nuestros explorados vecinos y de nuestros ignotos conocidos. Y, de paso, para custodiar ese túmulo monumental que es el chismorreo indiscrecional. Amén de asesinar las manchas, desterrar los malos olores e insertar aroma de suavizante en nuestras prendas de cada día.

Si en los lavaderos públicos es posible experimentar una vuelta a la edad pajiza de lo rural, cuyas connotaciones áureas derivan de la falta de un conocimiento empírico directo, en las lavanderías urbanas, por el contrario, es posible ensayar un retorno a la prometedora atmósfera de la modernidad. Porque, para el que nunca ha empleado con anterioridad el pack industrial de lavado+secado -en poco más de lo cacarea el verdugo de al lado mientras la espléndida adolescente de más allá toma apuntes en su libreta para darse un vaho de intelectualidad- nos coloca en una posición semejante a la de aquellos que, tiempo ha, observaron con estupefaciencia el paso de los primeros automóviles en un apestosos entramado aderezado con las delicias gastrointestinales de la caballería transportante.

Las lavanderías se erigen ufanas en un mundo donde la vuelta al campo se ha convertido en una Ítaca donde Ulises espera, eso sí, que sea otro quien le lave los calzoncillos. Mientras tanto, los lavaderos públicos, esperan con su bucólica capa de musgo y sus pastoriles aguas turbias que la UNESCO les otorgue el ordinario estatus de patrimonio de la humanidad.

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