En la era del simulacro, de tanto fingir que se es feliz, a veces, uno empieza por serlo. Pero justo cuando esa alegría satisfactoria empezaba a despuntar, su final arremete con apática violencia. Y ya no se es feliz. De nuevo habitualmente.  La felicidad es como una película que, tras los títulos de crédito iniciales, coloca ufanamente el cartelito de “the end”. Otras veces la felicidad  se parece a la publicidad porque dura lo que duran los anuncios televisivos: escasos y onerosos segundos.

En la era del simulacro no se perdona. Se finge que se perdona. Y de tanto fingir uno acaba por creerse que es posible perdonar. Sin embargo, para que la ficción del indulto se haga real se requiere una sobredosis de amnesia. Y, aunque perdonar es olvidar, olvidar es fingir que uno no se acuerda. Porque ya se sabe que el recuerdo es un despiste nocivo para la salud.

En la era del simulacro uno no ama. En todo caso, se quiere a alguien, como se quieren tantas otras cosas en esta vida: con volición y alevosía. Pero de tanto querer, follar, discutir y lastimarse uno acaba creyendo que ama. Los más listos, sin embargo, se masturban. Porque no hay mayor metabolización del simulacro que el narcisismo carnal.

En la era del simulacro uno no lee libros. Uno se los compra y los coloca en el salón, a la vista de cualquier intruso habitual. Porque de tanto verlos en las estanterías, uno acaba creyéndose que, indefectible, se ha pasado las tardes de domingo entre páginas y más páginas cuando, en realidad, el descanso dominical es patrimonio de la resaca, esa lamentable materialidad efectiva y palpable del gran simulacro social: la vida nocturna y sus relaciones colaterales.

En la era del simulacro hay un montón de intelectuales dando la tabarra para que analicemos la realidad y no nos dejemos llevar por las placenteras y engañosas corrientes de la simulación efectiva, cuando no hay mayor simulacro que una teoría oportunista intentando ajustar una práctica distraída a sus conjeturas. Por eso aceptamos que nuestra realidad es hiper, Debord es Dios, Baudrillard es Jesucristo, Bill Gates y Steve Jobs se disputan el Papado y todos los demás somos devotos infieles esperando a que terminen su sermón.

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