Parece ser que antes, cuando los griegos eran adictos al paripatetismo y no un ejemplo más de contemporáneas calamidades político económicas, los sentimientos existían como entidades externas que pululaban por la troposfera para ver si, con un poco de suerte, conseguían invadir durante el mayor tiempo posible a todo aquel humano despistado que, por un momento, abandonaba los designios de la razón y se adentraba involuntariamente en las tóxicas corrientes del pathos. Tranportándolo al ámbito mediático de nuestros días, los sentimientos eran a aquel mundo lo que la publicidad es al nuestro: armas de corrupción masiva.

Parece ser que hubo tiempo en el que se creía en la razón como epicentro evolutivo de nuestras funciones desiderativas. Parece ser que no resultó ser así y que, al día de hoy, los sentimientos no nos pueden invadir porque hace mucho que nos conquistaron. Y además, están en oferta y traen consigo alguna que otra gratificación en forma de actividad suplementaria. Es entonces cuando se producen acontecimientos duales como morirse de amor, caer en depresión, levantar pasiones o montar en cólera.

De toda la coyuntura afectiva, el amor se lleva la palma porque, como todas las desgracias, nunca viene solo, sino que se permite viajar por nuestras almas con todo un séquito patético que tiene como función primordial no dejarnos solos ni a sol ni a sombra. Será que al amor le gustan el claroscuro y los contrastes lumínicos fuertes. Y como al amor también le gusta hacer la guerra, de vez en cuando cede la cadena de mando sentimental a la cólera que, no por casualidad, entrega eventualmente su nomenclatura a una enfermedad infecciosa ocupada en destilaciones de diversa índole.

La cólera es uno de los afectos más deportivos que existen: a parte de proporcionarnos una ración considerable de vesania airosa, incluye el aumento de la presión sanguínea y el ritmo cardíaco, además del incremento de nuestros niveles de adrenalina. Nada más lejos de la actitud contemplativa, analítica y sosegada del pensamiento racional. Mientras que para pensar bien se recomienda caminar en círculos y dibujar un horizonte mental, para manejar la cólera no hay nada mejor que dar patadas a las paredes a falta de platos para romper en el armario. Pensándolo mejor, la cólera es el sentimiento adecuado para darnos cuenta de que no necesitamos la mayor parte de los objetos que nos rodean porque todos son potencialmente prescindibles y rompibles en un arranque de la misma. Eso sí: loo malo de montar en cólera es que luego hay que desmontar. Y es que apenas bastan dos segundos para padecer un arrebato de rabia, mientras que se necesita una sobredosis de sosiego para que la ira se vaya con su supuración de violencia castrada a otra parte.

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