El intelectual, ese espécimen social inventado a finales del siglo XIX, está cambiando. O lo que es lo mismo: los intelectuales ya no son lo que eran porque, por no ser, ya ni siquiera son feos, leídos o socialmente incompatibles. La genealogía de este organismo pluridisciplinar permite situar su nacimiento en el epicentro genético de una encrucijada especulativa: la unificación del filósofo, el poeta, el artista y el científico en un ente social yuxtapuesto. Desde sus orígenes, la teleología del intelectual no está muy clara. Se observaba, sin embargo, una paulatina adquisición del privilegio del juicio con veredicto añadido sin tener que conocer desde la práctica empirista ninguna de las disciplinas que comenta, critica y analiza. O, por poner un ejemplo, al intelectual que opinaba sobre literatura no se le exigía que fuese un escritor excelente. Bastaba con que fuese inteligente, ingenioso y erudito. Y si carecía de alguno de estos requisitos, siempre podía ayudarse de la autoridad que concede el arte del sofisma categórico.

Aunque muchas de estas premisas siguen vigentes dentro del heterogéneo paisaje intelectual, ciertos hábitos se han ido por voluntad propia al baúl de los recuerdos. En primer lugar, el intelectual ya no es aquel energúmeno con exceso de acidez estomacal y contenido crítico multivitaminado de aquellos ¿maravillosos? años. Ahora, sin dejar de echar de menos la modernidad lampiña y su bohemia desfasada, el intelectual es posmoderno y, por consiguiente, adicto a la fragmentación, a los eventos sociales, al pica-pica cultural y al lamento constante y gratuíto pero poco convincente. Ya se sabe que, en los círculos de sociedad posterudita, el menosprecio tiene más caché que el aprecio. Es típico del intelectual en período de prueba alegar que el último disco de una banda, el último libro de un escritor o la última película de un director son siempre más malos que los anteriores, remitiéndose épicamente a los hits creativos de cada uno de ellos para demostrar su extenso dominio en materia.

Si intelectual de antaño era sabio, considerablemente añejo, escasamente atractivo (a no ser por el componente erótico de su eminente patrimonio cultural), amante del buen vino y del whisky aún mejor y con diversas enfermedades oculares, el intelectual de nuestros días es un genio precoz, apenas roza los treinta, folla considerablemente bastante, toma drogas y lleva gafas sin necesidad de ser miope, preferiblemente de sol.

El intelectual de antes podía ser orgánico, apático y antisocial; el de ahora está obligado a ser tecnológico e hipertextual, expansivo y sugestivo. Además las bibliotecas o los cafés de tarde ya no son su natural hábitat artificial porque ahora presume de diversos gadgedts último modelo y no duda ni un segundo en sacar donde sea su Iphone del bolsillo y aniquilar la extensa temporalidad de una contienda dialógica. Si el intelectual moderno amaba por encima de todas las cosas la prosa que se esconde dentro de las facultades retóricas gracias a la construcción de una dialéctica convincente, el intelectual contemporáneo es un gran admirador y defensor a ultranza de las poéticas bases de datos, bombardeando con enorme placer el espacio de discusión a base de cifras, fechas y demás anécdotas efectivas que castran toda posibilidad de un debate al puro estilo socrático. Será que antes existían los metarrelatos y ahora abundan las microhistorias, canjeando los soporíferos analásis del marxismo y del ser, prolijos en notas a pie de página, por sesudas observaciones postcolonialistas en torno a la nomenclatura de los restaurantes hindúes en Londres.

Para el intelectual de los viejos tiempos, la estética era una rama del incomensurable árbol filosófico que versaba sobre los una vez principios fundamentales del arte, mientras que para nuestro eficiente intelectual ultramoderno, la estética es la asignatura encargada de guiarle en la pose y la indumentaria de cada día para estar a la última. Aunque, por encima de éstas y otras disquisiciones en torno al producto más “meta” de la cultura occidental, el ser humano que vive a base de hablar sobre otros seres humanos que hablaron sobre algo, la diferencia más grande es que, hace tiempo, el intelectual tenía que ser inteligente y ahora, por encima de todas sus capacidades, tiene que ser listo.

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