Repensar el vacío. Con esta escueta pero pretenciosa frase podrían empezarse muchos ensayos y conferencias derivados de tan farragosa e intrincada aventura intelectual: volver a pensar la falta de contenido. El vacío, que padece los efectos de la retórica adolescente, sufre de una contradicción en términos: para hablar de lo que no es hay que utilizar siempre demasiadas palabras.

Cuando no hay más remedio que ser adolescente, el vacío es ese concepto todopoderoso y sublime dentro del cual se resumen todos y cada uno de nuestros conflictos de inadaptación social y pesadumbre individual. La retroalimentación hormonal es un enigma metafísico y el vacío es la noción favorita para definir las divergencias reflexivas de nuestra filosofía de andar y esconderse por casa. Por grave que parezca, cuando se atraviesa la pubertad es habitual, casi obligatorio, “sentirse vacío”, pudiendo afirmar que el vacío y la masturbación diaria son las dos constantes de la liturgia privada adolescente. Pero mientras que de adolescentes nos sentimos vacíos como un paisaje marítimo sin horizonte, de mayores la poética se cae dentro de las alcantarillas de lo ordinario y nos sentimos también vacíos, aunque esta vez como un frigorífico abandonado al que le arrebataron sus funciones básicas: mantener fresca la vitualla doméstica.

Y si, en la edad dorada del acné es frecuente recurrir a Nietsche, además de llenarse la boca con muchos términos grandilocuentes e ininteligibles para el singular adolescente medio deprimido en plural, en la etapa adulta el nihilismo deja de ser una pose cursi y afectada porque, para entonces, ya sabemos que no hay religión más dañina que la filosofía. Es ahí cuando cedemos las ausencias del espacio sin materia a la labor científica y la falta de gravedad al espacio interestelar para pasar a centrarnos en metáforas más mundanas, concretas y comprensibles. De mayores no nos sentimos vacíos: nos sentimos envasados al vacío. Nos sobran abismos y nos falta aire. Pero con una desgracia añadida: la de vivir en una era donde la obesidad comunicacional, el derrame hipertextual y la diseminación indentitaria no evitan que experimentemos la propia individualidad como una magdalena asfixiada dentro de su hermético envoltorio en las estanterías del supermercado y no ya como aquel sujeto perdido trascendentalmente en el desierto de lo real.

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