Hay días en los que a uno no le importaría que un coche le pasase por encima. Más que como un suicidio, podría catalogarse como un voluntario homicidio pasivo. Claro que, eso sólo lo sabe el que se no se deja mover por sus piernas y permanece en el medio de la calzada, esperando el, posiblemente, último gran encuentro de su vida. Los demás, en cambio, sólo perciben un homicidio involuntario en vez de ese acto más que comprensible de pasividad suicida en determinados momentos de la vida. Pero entonces uno piensa, como Wislawa Szymborska, que “morir –eso no se le hace a un gato-”. Como tampoco se ensucian con sangre las aceras, especialmente si hay niños jugando en el parque. Dejarse morir, eso a un desconocido dentro de un coche no se le hace. Menos aún se le hace eso a unos padres que nos han mimado, cuidado y protegido hasta la extenuación filial. Morir potestativamente. Eso a un novio no se le hace. Como no se le hace eso a determinados amigos. No es de buena educación dejarse morir si otros, de vez en cuando, se desviven por nosotros. Morir. Eso a una arrendador no se le hace. Ni a un banco, ni a la compañía de seguros, a la del teléfono e internet, a la del gas, a la de la luz, a la del agua. Morir, eso al capitalismo no se le hace. Porque es descortés suicidarse si uno tiene deudas.

El suicidio, que alguna vez se presentó como una de las formas más absolutas, valientes y honorables de determinación personal es, hoy día, una de las formas de grosería más grandes que existen. Y no por su estatus de delito, su censura permanente desde las altas esferas de la cristianidad heterodoxa o por la fundación de traumas y psicosis varias en la vida de los que nos conocieron, sino por todas las obligaciones sociales que se dejan suspendidas en la vida de los otros. Es, por cuestiones en torno a la responsabilidad socioeconómica y sus efectos colaterales, que los seres humanos tendemos a cruzar correctamente las calles cuando se aproximan coches en la distancia. Porque no es de buena educación morirse si no hemos tendido la ropa que dejamos en la lavadora horas atrás. O desatender las cartas del buzón. O no estar en casa por Navidad. O amputar ramas del árbol genealógico que tanto se esforzó por crecer. O engordar la cara oculta y vergonzosa de las estadísticas en la sociedad del nocivo bienestar. O no terminar todos los libros que decidimos empezar a leer. O no asistir a la boda de algún primo lejano. O no quitar el polvo de las estanterías. O no recoger la bicicleta que dejamos en el taller la semana pasada. El suicido es desconsiderado y de mala educación porque implica dejar los deberes existenciales a medio hacer.

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