Alguien debería escribirle otra oda a los calcetines. No una sino otra nueva, actualizada, porque el poeta preferido por los adolescentes enamorados, Pablo Neruda, ya dedicó unos versos en clave de alabanza a una de las herramientas estéticas menos encomiadas por el veleidoso distrito de la moda: los calcetines. Ese par divisible en dos son la pieza más estoica de nuestro atuendo habitual. Y no porque se encarguen de proteger una de las partes menos fragantes de nuestra fisonomía, los pies, sino porque lo hacen con toda la enjundia de la resignación.

A diferencia de los zapatos, los calcetines ni se rebelan ni se pronuncian a base de sutiles apretones capaces de provocar un terrible dolor gracias a la resistencia intransigente contra la falta de espacio vital inferior. Los calcetines tampoco se quejan cuando los separamos de su pareja y los abandonamos desconsideradamente en el fondo del tambor de la lavadora; ni cuando lo dejamos colgados contra las cuerdas a su suerte, entre la destemplanza climatológica y la frágil sujeción de las pinzas de la ropa; ni cuando los volvemos a disociar de su compañero al extraviarlos en diferentes compartimentos dentro del gusto de los armarios por la acracia organizativa; ni cuando los escondemos detrás de la petulancia de los zapatos, quienes siempre saben captar miradas de atención,  están más que habituados a las onomatopeyas de admiración y presumen de ser uno de los accesorios más caros del hábito posmoderno. Así como los calcetines siempre serán humildes, los zapatos ya no son lo que eran. De la singularidad de su adquisición y la importancia de su funcionalidad han pasado a ocupar el peldaño de la arrogancia en el abisal arte de la apariencia.

Los calcetines no se quejan, aunque debieran, de su intranscendental significancia estética. Asumen, aceptan y se responsabilizan de sus funciones apotropaicas contra los sicarios del malestar podológico. Su reclusión constante dentro de la vanidad de los zapatos y la absorción continua, silenciosa y amable de un hálito pestilente, componen la desgracia consustancial al hecho de ser simplemente el tejido que cubre el pie, casi siempre el tobillo y, en contadas ocasiones, la rodilla. A pesar de la amnesia efervescente de la moda, la dictadura posmoderna por excelencia, los calcetines no son un envoltorio para pies. Son los responsables últimos de nuestra destreza estética en la guerra contra las cacofonías cromáticas y la vanguardia del fetichismo. Es más, si los calcetines pudiesen hablar, seguramente morderían.

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