“El saber no ocupa lugar” es una frase repetida hasta el empacho desde los altillos polvorientos de la sabiduría popular, una erudición de andar por casa que, sin embargo, poco sabe de mudanzas. Por inmaterial que se pretenda el contenido de los libros, éste no deja de exigir un formato cuadrangular a base de papel para manifestar su distinguida existencia entre nosotros, ordinarios consumidores de la intelectualidad.

El saber no sólo ocupa lugar: ocupa sitio, espacio, tiempo y dinero. Pero para auxiliarnos en nuestra custodia doméstica del saber, afortunadamente existen respetables macroempresas transnacionales como Ikea, cuyas estanterías low cost hacen las delicias de los eruditos posmodernos, de los nostálgicos adultos que se sienten demasiado veteranos como para comprarse un Lego o un Tente y de las parejas que deciden dedicar la sobremesa de los sábados con acaloradas discusiones conyugales en público entre sofás, colchones y platos que, para poder romper a gusto, primero han de abonar en caja.

El modelo preferido por la mayoría de los vasallos del omnipresente reino sueco es una estantería cuyo utilidad es más decorativa que otra cosa. Un exceso de fondo, probablemente debido a su gusto por la cuadratura perfecta, hacen de este modelo la estructura imperfecta para la acumulación de nuestro saber y, de paso, la perfecta superficie para la expeditiva cosecha diaria de ácaros. No en vano, dicho modelo se llama expedit, bautismo que le va ni pintando si se tienen en cuenta las extrovertidas contradicciones del diseño en cuanto a funcionalidad y onomástica.

Pues bien. El saber no ocupa lugar. Hasta que llegan las mudanzas. Es entonces cuándo uno se caga en todos y cada uno de los libros que se ha comprado a lo largo del tiempo, volúmenes in-dis-pen-sa-bles que uno dispensaría con la insólita diligencia de una patada todopoderosa. Las mudanzas son también el momento adecuado para cagarse en Ikea, en su filosofía postdoityourself y en nuestra debilidad por el yugo de la accesoriedad doméstica gracias a sus rebajas permanentes. Aunque tanto monta, monta tanto un mueble de Ikea que un libro, ya que ambos son insignes protagonistas de la producción inútil en la era de la reproductibilidad mecánica, no es lo mismo tirar a la basura un libro de Douglas Coupland que una estantería de conglomerado escandinavo. No obstante, si se piensa bien, nuestra pasión por la recolección compulsiva del fetiche literario por antonomasia convierte al libro en un objeto decorativo más, casi al mismo nivel que esos gatos chinos y dorados que mueven su brazo izquierdo insistentemente o esas velas aromáticas que no logran quitar la grávida pestilencia de nuestra liviana existencia.

Los libros, a pesar de sus historias, no dejan de ser una entrada más en el célebre manual de las artes decorativas y demás elementos identitarioambientales. Una buena colección de libros es algo así como una buena colección de amantes. Con la pequeña salvedad de que, mientras podemos exhibir con orgullo los primeros, debemos mostrarnos más cautelosos en nuestra ufana ostentación de los segundos. Aunque, a diferencia de los amantes, los libros no se ofenden tanto si uno no los tiene en cuenta a la hora de hacer un repaso por los momentos ilustres de nuestras horas perdidas en la pereza de la cama. No obstante, la adquisición de ciertos libros infames desacredita nuestro gusto casi tanto como la conquista de ciertos amantes para la amnesia. Afortunadamente, sólo los libros y otros objetos personales permiten una poligamia inventariada desde los circuitos de exhibición doméstica. Pero hay que ser cuidadosos y estar al tanto porque, tanto unos como otros, se van fácilmente con el primero que los coge sin permiso. Y sin posibilidad de retorno.

Los libros son uno de los pocos objetos que hacen funcionar nuestras tarjetas de crédito sin que lleguemos a sentir la clásica culpa por nuestros asidua participación dentro la mercadotecnia cotidiana. Es más, los libros (que no la literatura) son una coartada perfecta para la pirotecnia crematísitca. Mientras que comprar diez camisetas de golpe es visto por nuestros congéneres como un ejemplo de compulsividad alarmante y falta de decisión ante la disyuntiva, la  misma operación con libros es observada como una prueba fehaciente de ilustrada literofilia. Pero si las camisetas van directamente al fondo de un armario insaciable, los libros no padecen mejor suerte y ceden sus funciones especulativas a la suerte de la escenografía doméstica. A fin de cuentas, el destino de los libros es también una cuestión de estilo: cegar sutilmente a los otros con nuestro atuendo intelectual.

Porque, si nos dejamos de consideraciones retóricas y demás justificaciones elocuentes, comprar libros es una soberbia estupidez basada en la presunción de que algunos objetos trascienden su cualidad de objetos. Cuando compramos muchos libros, la probabilidad de la lectura de todos y cada uno de ellos disminuye considerablemente. Además, a medida que pasa el tiempo, nuestra amnesia prospera indefectiblemente y no nos acordamos de nada de lo que hayamos leído pocos meses atrás, motivo más que suficiente para dejar de comprar volúmenes insistentemente y centrarse en la relectura de lo ya habido y por redescubrir. Comprarse un libro es lo mismo que comprarse una camiseta que uno sólo va a usar una vez en la vida. Y nadie comete semejante memez, ¿no?

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