La atracción es una manifestación de la ley irregular de gravitación intersubjetiva. Con un corpus legislativo basado en el continuum de las discontinuidades alternas, esta legislación involuntaria del pathos se erige sobre dos principios fundamentales y contrapuestos: el elitismo y la ordinariez en el gusto.   Mientras que, en ciertos individuos, basta con la mínima manifestación de una situación idónea en la que las posibilidades de un encuentro corporal con el otro indiquen el cese momentáneo de las prácticas onanistas para que se dé el surgimiento de atracción sexual, en otros individuos se observa, sin embargo, la aparición involuntaria de una aduana de las pasiones auspiciada por la guía del maniático sentimental.

Este diligente vademécum contra los efectos indeseados de conductas amatoriales irreflexivas que tienden a proliferar en el confuso espacio-tiempo nocturno, actúa súbitamente para anular la intromisión a posteriori de segundos dentro de la hermética intimidad de los desayunos. Ya se sabe que resulta más fácil compartir un orgasmo que un café con otra persona. A diferencia del sexo, que puede estar basado tan sólo en implicaciones y respuestas somáticas, el café comprende un espacio de relación que requiere de la cordialidad, locuacidad e inteligencia que nos impone la dinámica selectiva del diálogo. No por casualidad hay sujetos que invitan con mayor destreza a un orgasmo que a un café. Motivo éste, fundamentado generalmente por las escasas alianzas sentimentales de unos sujetos con respecto a otros en todo lo que atañe al intercambio mutuo y pancista de sustancias corporales.

La guía del maniático sexual no deja de ser una extravagancia indispensable para aquellos sujetos que, por el contrario, necesitan de una disciplina impuesta desde la construcción de circunloquios que sencillamente se basan en un dictamen personal e intransferible que pudiera enunciarse sucintamente de la siguiente manera: “tú no me gustas lo suficiente”; siendo dicho “suficiente” un cúmulo de requisitos ininteligibles y extralimitados que aparecen de la nada suspicaz y convenientemente. Para todos aquellos sujetos que atesoran precauciones contra  los daños colaterales de cualquier atracción insustancial, este prontuario de la ortografía pasional contiene diversas propiedades simultáneas: la reescritura constante de sus estipulaciones gracias a cada lance empírico de gravitación sexual por resolver;  el carácter particular y subjetivo de sus locuciones, no obstante su condición de legibilidad por segundos y terceros; la imposición automática de sus preceptos aún bajo la oposición voluntaria del usuario.

Las lógicas consecuencias deductivas de la existencia de semejante manual de sibaritas de la pasión vendría a ser una escasez de la actividad carnal en los sujetos que obedecen a sus reglas facultativas. Sin embargo, gracias al extraño desorden de las contradicciones, el silogismo no se cumple en muchos casos ya que el elitismo del gusto está atado a  la contingencia del factible cumplimiento de los requisitos por parte del otro y a la plusvalía de la ley irregular de gravitación intersubjetiva gracias a lo extrínseco de los acontecimientos. Es más, una aguda observación empírica permite evidenciar que la carencia de dicho decálogo de normas no sirve de sustrato para una prometedora carrera en la promiscuidad interina. No osbtante, a falta de otros hábtitos afectivos, el hedonismo se cumple en ambos casos, ya sea gracias a los espasmos del orgasmo o gracias a la complacencia del elistismo y el rechazo del gusto. Porque, a fin de cuentas, tanto el sexo como el gratificante rechazo del mismo son otro anabolizante más, pero sin receta médica.

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