Se dice que la bicicleta es el invento más noble creado por el hombre. Aunque la experiencia de un pretérito empírico nos indica que el vínculo de la nobleza y el ser humano es más bien una relación marcada por su contumaz condición de divorcio discrecional, la alucinación pueril nunca nos abandona. Y es así como nos creemos acreedores de adjetivos fraguados desde la incompatibilidad de la discordia.

La nobleza no es precisamente la cualidad del hombre, quien frecuentemente prefiere enfilarse por otros derroteros más lucrativos y menos dolorosos. No obstante, a veces el ser humano tiene ganas de experimentar desde su artificiosa naturaleza, transige por un rato sus derivas desinteresadas y se vuelve noble a tiempo parcial. Porque la nobleza sólo es permanente en algunos miembros de la fauna y en ciertos objetos donde el diseño se somete a la funcionalidad. Para nobles, los perros. Y las bicicletas. Cuando los perros y las bicicletas son indignos es por factores externos y a causa de sus propietarios. Sin embargo, ya se sabe el lugar que ocupan las cosas nobles dentro de nuestra sociedad: el rígido y escueto territorio a los pies de la cama o la oscuridad polvorienta del garaje.

Si bien la historia de la bicicleta es una crónica sobre ruedas, tuvimos que esperar a nuestro italiano predilecto, el ingeniero Leonardo y demiurgo Da Vinci, para que la cosa empiezase a tomar forma de vehículo personal. Y del Renacimiento al neoliberalismo para que la bicicleta adquieriese su pátina de objeto exclusivo, pasando por estrella cinemtatográfica, soporte hercúleo en competiciones itinerantes y entidad predilecta para el hurto por los infames villanos que no tienen un rostro sobre el que escupir a disgusto o una mano que cortar, desempolvando de paso viejas y exóticas tradiciones.

A la bicicleta, la nobleza le viene dada además por su rancio abolengo. Descendiente directa de las manos del barón Carl von Drais a modo de revisión ilustrada de la costilla de Adán, la dresina vino al mundo para anunciar la llegada del único medio de locomoción con conexiones extremadamente románticas entre propietario y objeto. Eso sí, sin los quebraderos de cabeza, la malsana pasión por las manzanas y las tendencias estéticas en clave de bañador a base de brácteas de aquella Eva malparida. Es más, la bicicleta apareció en el mundo para invocar e instaurar microparaísos en el infierno de asfalto.

No obstante su nobleza, su condición de apéndice amable y su entrada en el olimpo de los estetas en movimiento, la bicicleta no carece de porfiados enemigos. Los hay que las roban porque sí y los que las roban en un arranque de factible proxenetismo a cambio de cuatro duros que también se perderán dentro de los envites de la economía sumergida; los hay que luchan contra ellas desde la acera y desde su condición de intransigentes peatones amparados por el arbitrario paternalismo metropolitano; los hay que arremeten sutilmente contra ellas desde su despotismo motorizado a base de cláxones e insultos que rebotan contra el parabrisas; los hay que las ignoran invadiendo los escasos espacios de hábitat que se les conceden gracias a la risueña hostilidad de la infancia con sus niños escandalosos, sus incondicionales madres y sus molestas pelotas de fútbol; los hay que incluso se atreven a ir encima de ellas para fastidiar la perfecta línea en movimiento que trazan consustancialmente las bicicletas y así, sin mediar palabra, constreñir al uso de otros espacios que, irremediablemente, estarán habitados por el resto de adalides de la lucha contra el invento más noble creado por la mano del hombre. Porque la bicicleta ocupa una de las muchas paradojas de esta y otras vidas: una creación noble dentro de una realidad tan miserable como el tránsito urbano.

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