Hay un momento en la vida de todo ser humano en el cual el sentimiento de culpa se erige como el protagonista absoluto de toda la escena en esa película de autor con pretensiones existencialistas dentro de la cual, frecuentemente, somos más villano que super héroe. Será que los villanos tienen más clase vistiendo y que las mallas ajustadas y de colores estridentes no le quedan bien a nadie con más de dos dimensiones que padezca los excesos calóricos de las delicias culinarias fast food.

Jesucristo, uno de los pocos héroes que se dejó vencer por los rufianes y bellacos del momento, prefería el look homeless a base de andrajos, harapos y demás descosidos de la alta costura bíblica. Y algún que otro poste de madera para su estelar entarimado vertical. Con el fin de remediar tal osadía en el arte de la indumentaria, su séquito anacrónico dejó de lado las delicias del algodón rústico para pasarse a los encantos de la seda, las piedras preciosas y demás alhajas contraindicadas contra cualquier conducta cenobítica. Pero, además de una mutación en los hábitos, Jesucristo obsequió a la cultura occidental con un gran sentimiento gracias a los poderes cósmicos del abintestato: la culpabilidad.

La gran herencia judeocristiana no son las tartas arquitectónicas de mármol y demás piedras pesadas en el centro histórico de las ciudades, esos grandes templos del acicalado laicismo turístico. Tampoco lo son las festividades del santoral que tan impíamente celebramos a conveniencia sin saber exactamente qué se conmemora. No, señores y señoras, el gran legado del judeocristianismo es el sentimiento de culpa, un atavismo que se transmite urbi et orbi de padres a hijos, de hijos a primos y de primos a incautos.

La culpabilidad es algo bastante fácil de definir: es la responsabilidad que sentimos cuando se tiene culpa. Y la culpa es nuevamente una responsabilidad, la que tenemos por haber cometido un acto incorrecto. De aquí  se infiere que, para suprimir la culpa de nuestra cadena se sentimientos, primero habría que descartar la responsabilidad como pauta de relación con los demás y con el mundo, esa pesada bola que hace de cada individuo un Atlas involuntario. La culpabilidad vendría a ser algo así como escribir con faltas de ortografía siendo conscientes de ello. Claro que la ausencia de tildes y mayúsculas, la conmutación de la b por la v o la supresión de la h en momentos decisivos para la comunicación por chat no se parece ni en lo menos mínimo a situaciones como una resaca tras otra sin el respaldo de las efemérides o el deseo manifiesto por la amiga de tu mejor novia o el robo intelectual de una idea crematística o el impago del alquiler o el fraude por una amistad colateral o la desconfianza absoluta sobre tu mejor amigo o la admiración incondicional hacia tu peor enemigo o la excesiva ingesta de chocolate a altas horas de la madrugada o el recelo hacia las personas que supuestamente uno quiere más o la procrastinación o la masturbación matutina o el deseo de exterminio de la humanidad colindante en la cola del supermercado.

Gracias Jesucristo. Por la responsabilidad a pie de página en cada una de nuestras acciones. Por los atuendos en algodón blanco que propagan la tradición evanescente en Ibiza. Por la carpintería doliente y las cruces. Por el new age. Por las hostias. Por las multiplicación de los panes, los peces y las bofetafas en las mejillas. Por los pijos en forma de hippies. Por los curas disfrazados de psicólogos. Por los manuales de autoayuda externalizada en el confesionario capitalista. Por los embarazos inesperados. Pero sobre todas las cosas, gracias por la culpabilidad y por su arma mortal: el ius puniendi.

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