A la historia contemporánea le debemos muchas cosas. No en vano, es la época histórica que más inventos y acontecimientos nos ha legado. De momento y hasta que el futuro demuestre ser la caja de pandora que todas las películas de ciencia ficción nos prometieron, dejamos las efemérides a un lado, seguimos esperando la llegada del monopatín aéreo de Mcfly y nos centramos en uno de los grandes trebejos de nuestra reciente crónica de los afectos: el concepto de “ex”. Nunca tan pocas letras dieron tanto dolor de cabeza, a excepción del IVA y del IRPF.  De hecho, este prefijo es el promotor de un nuevo impuesto, el Impuesto sobre las Relaciones de las Personas Sentimentales (también conocido como el IRPS) que, en muchos casos, excede el 15% de nuestro patrimonio romántico.

Tanto el “post” como el “ex” comparten un lugar privilegiado dentro de la imprecisión de los prefijos gracias a su gusto por los anacronismos y a la engorrosa tarea de reubicación de los acontecimientos que padecen. Aunque, a diferencia del primero, el “ex” es mucho más poderoso porque practica con entusiasmo y grosería la sinécdoque. Por antonomasia, un “ex” es una persona que ha dejado de ser pareja sentimental de otra. Por defecto, un “ex” es un espectro intermitente que provoca urticaria y una disminución de las defensas legítimas contra el pasado.

Antes, en la época de nuestros abuelos, eso del “ex” no existía. Y menos en plural, conformando en forma de  lista la evidencia procaz de nuestra irremediable capacidad para el fracaso sentimental. Antes la gente tenía marido o mujer, querida o amante;  ahora las personas tenemos una comentada antología de “ex” con extensas notas a pie de página que sirven para infundir respeto, pánico o cólera a la persona que ocupará el próximo puesto privilegiado de semejante florilegio sentimental.

El “ex” siempre vuelve al futuro, como el Delorean. Y lo hace con una sonrisa bien grande porque sabe que juega con ventaja frente a sus competidores presentes. Porque al “ex” se le perdona todo por los daños inflingidos contra él en el pasado gracias las distancias compartidas. A veces llama a la puerta o al teléfono o escribe mails o se aparece en sueños o por la calle, sabiendo que no se nos está permitido darle un rotundo “no” por respuesta. Es entonces cuando exhibe con satisfacción y petulancia un salvoconducto invisible con el IRPS escrito en negrita y bien subrayado para recordarnos que el presente no está exento de impuestos sobre el futuro gracias a las deudas del pasado.

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