La amabilidad está pasada de moda. Será que, gradualmente, el trato con los demás poco tiene de delicado, complaciente o agradable. No es amable quien quiere, sino quien puede. Cuando no se sabe ser amable, siempre se puede ser cordial. Pero para ser cordiales hay que ser honestos. Sucede que la honestidad también está pasada de moda o, en muchos casos, es un aspaviento de segunda mano. De las verdades que nos incumben siempre nos enteramos por boca de otros porque, total, las mentiras ajenas son competencia de los que mienten y no de los que las destapan como quien descorcha una botella de champán barato. Y ya se sabe que el alcohol de escasa calidad deja unas resacas de cojones.

El engaño, no obstante, cotiza al alza en nuestra tribuna de valores. A corto plazo, el índice de beneficios de la inversión en ficciones capciosas es mucho mayor que la flemática financiación de las  sinceridades. En una época en la que la inventiva está a la orden del día en todas las asignaturas sociales, el engaño supone una de las formas de creatividad más democráticas y sofisticadas que existen. Porque la mentira es un derecho universal. Porque para mentir no hace falta ser rico ni guapo.

Dado que el engaño se funda en la imaginación y ésta es la conditio sine qua non a la hora de diferenciar al ser humano del mono, nuestra tendencia a la proyección de realidades paralelas no es otra cosa que una forma de defensa creativa ante una realidad insatisfactoria. No miente quien quiere, sino quien puede. No obstante, el engaño es una de las formas de amabilidad más sublimes que existen porque se funda en la conmiseración ante las penurias que somos capaces de provocar con nuestra involuntaria potestad sobre el otro. Eso sí, requiere dosis elevadas de detergente para conciencias y una cuota considerable de elegancia. Pero tampoco es elegante quien quiere, sino quien puede. Y ya se sabe que la elegancia es una de las formas más engañosas de arrogancia que existen.

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