La desconfianza es una enfermedad de transmisión sentimental cuyas vías de contagio son básicamente dos: oral y visual. Perteneciente al grupo de los trastornos de pensamiento involuntario, esta pandemia posmoderna no se localiza en ningún grupo de riesgo definido. Cualquier ser humano es potencialmente portador del virus de la desconfianza. Eso sí, para que dicha patología pueda desarrollarse de modo exponencial la relación intersubjetiva requiere de una metamorfosis del principio de certidumbre en principio de presunción. Sus síntomas son fácilmente detectables y con tendencia a la yuxtaposición: insomnio, resentimiento, pérdida del apetito, inseguridad, oscilación afectiva, recelo, pesadumbre, dolencia estomacal, antropofobia…

Estudios recientes demuestran que, aunque existen diversos mecanismos atenúantes para todos y cada uno de sus síntomas, una vez se padece esta infección psicoafectiva, la cura es prácticamente inviable en la mayoría de los casos. Es por ello que dicha patología está  especialmente contraindicada para cualquier tipo de relación entre dos o varios sujetos o entre un sujeto y determinados contextos de relación intersubjetiva. No obstante, experimentos recientes revelan que ciertas condiciones genéticas o experiencias sociales muy específicas en sujetos determinados permiten conmutar los síntomas referidos anteriormente, posibilitando el incremento de una reanudación de los procesos de confianza extraviados. Sin embargo, en su fase terminal, este sutil trastorno de inmunodeficiencia provocada y adquirida, convierte el alma en un basurero de sospechas.

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