La abulia es la única forma de vehemencia que conocemos. Esta ataraxia posmoderna se ocupa de legitimar nuestros permisos para no hacer nada so pretexto de una falta de voluntad perspicaz. Si ya está todo hecho y no hay nada nuevo bajo el sol, ¿para qué derrochar capacidad de acción y potencial creativo plantando árboles, escribiendo libros y teniendo hijos si de todo esto el mundo va ya sobrado? Nuestro aporte energético diario se agota apenas sacamos la nariz por encima de las sábanas. Y es por eso que toca salir al mundo a desayunar, malgastando previamente las calorías del desayuno por culpa de pensar en todo lo que uno debería desear hacer pero, en el fondo, no tiene ganas ni de hacer ni de desear. Nada consume tanta energía como las aspiraciones y su tenaz proveedora, la ambición. Porque ser ambicioso profesional es agotador, pero más extenuante es ser ambicioso a medias y desperdiciar energías con estados de desánimo que derivan de un desacato permanente a la autoridad posmoderna: la actualización del futuro. La abulia, en el fondo, no es más que un mecanismo de precaución contra los posibles factores consustanciales de toda acción: fracaso, caída y hundimiento. Entre el entusiasmo y la anhedonia, la displicencia voluntaria es el pasaporte idóneo para no viajar a ninguna parte.

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