La genética es la excusa que tiene Dios para seguir existiendo. Si antes este ser supremo del monoteísmo católico era  principio y final de todas las cosas, ahora es nuestra herencia biológica el origen y destino de todos nuestros éxitos y de nuestros fracasos. La caprichosa combinación entre el ADN y el RNA parece ser la base ontológica para cualquiera de nuestras tendencias mundanas. Dejar las cosas para mañana, hesitar, preferir la bicicleta al coche, triunfar, ir a museos los sábados por la mañana, dormir en exceso, beber café, estudiar matemáticas, dormir con extranjeras, deprimirse un día sí y otro también, beber té, frustrarse, escribir, ver películas de dudosa calidad cinematográfica, ser excesivamente inteligente, elegir un color por encima de todas las demás posibilidades cromáticas, detestar la playa en verano, ser locuazmente estúpido, comer chocolate antes de dormir, emborracharse los fines de semana, limpiar compulsivamente cada día, levantarse de mal humor, padecer insomnio, asesinar a los vecinos del cuarto, jugar a fútbol…

Cualquier acción humana ahora es admisible, aceptable y válida gracias a toda una cadena de justificaciones que se fundamentan en la genética y en sus sagradas escrituras, los fenotipos. Pero, a diferencia del sofisma divino, la ciencia es  sabia y sabe que la separación hace la fuerza. Es la taxonomía de todas las cosas lo que convierte a la ciencia en el dogma incuestionable de nuestros tiempos. A fin de cuentas, la genética es la excusa perfecta para hacer lo que nos venga en gana sin sentimientos de culpa ya que nuestras pasiones nos dominan porque están sometidas por el ADN, nuestro DNI posmoderno.

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