La vida es cuestión de preferencias. Lo dicen la publicidad y Sartre. Pero mientras que la rama crematística de la filosofía analiza la existencia en función del binomio “al contado” y “a crédito”, nuestro existencialista por excelencia, el señor Jean-Paul, se ocupa de dicotomías más complicadas. Si la vida es cuestión de preferencias y vivir es actuar en libertad, entonces la libertad es cuestión de preferencias. O diciendo lo mismo pero aparentando decir otra cosa con un poco más de clase: la libertad exige el soberano ejercicio de la elección. Y es ahí cuando el albedrío se convierte en obligación, negando los principios básicos del concepto y demostrando que no hay método más incoherente que la lógica deductiva.

Sofismas incluídos, si el ser humano está condenado elegir, parece que últimamente anda bastante enfrascado en adoptar el sufrimiento como mecanismo para esa promesa de felicidad que rechaza su incierta aparición estelar en nuestras vidas. El homo sapiens, aparte de caminar enderezado sobre dos de sus extremidades inferiores -porque no tiene más-, se define por su proprensión hacia el sadismo infligido a sí mismo, más conocido como masoquismo. La autoinmolación tiene muchos más beneficios que las muestras de castigo hacia los demás, empezando por conventir la ofrenda interesada en una dádiva llena de filantropía. Para no molestar y que no nos molesten, no hay mejor manera de sufrir que con uno mismo, por uno mismo y para uno mismo. En el fondo de la superficie de las cosas, el masoquismo es una de las formas más altruistas que existen a la hora sublimar el dolor. Claro que siempre hay algún entrometido caritativo que sueña con redimirnos de nuestros pecados y sustraernos de la fruición doliente del bondage afectivo.

Para San Agustín la libertad presupone también una cierta disposición a la elección, pero como buen católico, considera que tiene sus límites. Y vienen del más allá. En el más acá, elegir la eventualidad de la felicidad como pathos permanente opera en el límite de un sufrimiento intrépido y diligente. Y también en el abatimiento continuo gracias al incumplimiento de las expectativas de ciertas promesas sin garantías. De nuevo aquí, el ser humano se ve obligado por sí mismo a recurrir al masoquismo inventándose nuevas y célebres creencias dignas del más célebre embaucador. Visto que los entramados de la filosofía nos convierten en seres proclives al desconsuelo, una forma muy elegante y poética de masoquismo sutil, no nos queda más remedio que recurrir a la venerable publicidad y sus verdades a golpe de talonario. Si los anuncios pudiesen ser menos sinceros no nos dirían: “la libertad no es una cuestión de elecciones sino de selecciones”, demostrando de paso que las variaciones sobre un tema se generan a través de la implementación ortográfica con una letra ortopédica.

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