Un fantasma recorre la civilización occidental: el fantasma de la ansiedad. Taquicardia, taquipnea y midriasis son algunos de sus ministros representativos, extendiendo democráticamente el desasosiego por todos los territorios posibles. Y es así como cada parcela que ocupa el sujeto posmoderno es administrada con eficacia por un equipo de psicoburócratas que se consagran, básicamente, a investigar, crear y desarrollar nuevos y dispares modelos de terapias inquietas para que dicho sujeto no se entretenga en el oasis de la satisfacción existencial.

El prudente trastorno de ansiedad sabe muy bien que, para asegurar un dominio constante sobre la psique humana, se hace necesaria una facultativa diseminación de síndromes y síntomas a lo largo y ancho de la sociedad que, poco a poco, abandonan el anonimato para protagonizar entradas en los manuales de psicología contemporánea. La psicopatología de la vida cotidiana, no contenta con su epopeya en forma de opúsculo a manos del sumo pontífice del psicoanálisis, el querido Sigmund, decide dividirse para vencernos. Para los amantes del éter laboral dispone el Síndrome de Burnout; para los nihilistas en delirio permanente, el Síndrome de Cotard; para los aprensivos acondiciona un paisaje hipersensible de fobias con sus correspondientes etiquetas. De momento la ansiedad es un trastorno, pero en poco tiempo se convertirá en un club, la Asociación de Ansiosos Anónimos, reagrupando la letra inicial del abecedario bajo un nuevo epígrafe: “hola, me llamo Fulano y tengo ansiedad”. Y las farmacéuticas responden: “tranquilo, cualquier excusa es buena para tomar pastillas”.

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