La amistad está en peligro de extinción. Y no porque no tengamos amigos, sino por el proxenetismo que ejercemos sobre la palabra gracias al invento de un grupo de aventajados alumnos de Harvard. En esa universidad de universidades, que puede presumir de ser la institución de enseñanza superior e investigación con más apariciones en el cine, hace unos pocos años, Mark, de apellido impronunciable, Zuckerberg, inauguró una red social para anexionar amigos como la URSS anexionaba países en el siglo pasado: sin ton ni son y sin conocer o interesarse realmente por las particularidades de cada uno de ellos. Eso sí, el millonario más joven del capitalismo ultramoderno y fluido reformó el concepto de confraternidad a costa de perder a sus propios amigos. Como dicen la sabiduría popular, la avaricia rompe el saco; como dice la estupidez contemporánea, ¿y qué más da?

La idea de Facebook es bien sencilla. Aparentemente es un sitio web de redes sociales abierto a cualquier persona que tenga una cuenta de correo electrónico. Wikipedia dixit. Escarvando un poco más en el resplandor tenebroso de nuestras pantallas, la red se convierte en enredo y el enredo se convierte en ratonera. Porque Facebook no es una red social sino un laboratorio de vanidades. El sujeto posmoderno, quien todavía estaba enfrascado en descifrar las instrucciones del espejo, recibe de un día para otro la bendición de la tecnología en código 2.0 y, no contento con  mirarse cada día en una superficie reflectante, decide abrirse una cuenta en Facebook y, de paso, reabrir la caja de Pandora y confirmar los males que aquejan a la humanidad. Y es así como, más o menos platónicamente, el mito no se hace logos, sino imagen.

Facebook vino a Internet y, por consiguiente, al mundo, para demostrarle al sujeto posmoderno lo poco moderno que es. Como no teníamos suficientes problemas con la filogénesis, apareció la ontogénsis virtual para quitarnos el sueño, amén de nuestro gusto por perder tiempo abriendo ventanas y cerrando puertas. Y así se abre una ventana más dentro de la literatura hipertextual que nos dice: Bienvenido a Facebook! Facebook te ayuda a comunicarte y a compartir con las personas que forman parte de tu vida. Regístrate. Es gratis (y lo seguirá siendo). Y nosotros, ingenuos, acatamos esta orden en forma de inocua sugerencia y nos abrimos una cuenta en Facebook sin ser consicentes de que con ello inauguramos otro capítulo dentro de nuestra vida. Y  es así, en menos de un minuto, como nos convertimos en avezados diseñadores de interiores decorando paredes cada día.

Además del mensaje de bienvenida, Zuckerberg y secuaces deberían incluir un informe con los extraordinarios beneficios de esta aplicación de supervivencia posmoderna. Se acabaron los mails. Ahora podemos ser más sucintos todavía y expresar nuestra grandilocuencia en forma de “posts” que, en contra de la unidireccionalidad clásica de la comunicación, se envían a alguien pero que tienen la facultad de convertir en destinatario a todo aquel que los lea. Se acabó la intimidad del genio. Ahora todos pueden comprobar lo inteligentes que somos. Se acabaron las revistas del corazón. ¿Quién quiere saber lo que hacen los famosos si podemos cotillear la vida de la novia de nuestro vecino? Se acabó la confianza en nuestra pareja. ¿Quién necesita el diálogo si podemos entretenernos con diletantes labores detectivescas gracias a sus datos en Facebook? Se acabó invitar a nuestros amigos, los de verdad, a una cerveza y contarles nuestras aventuras sentimentales. Ahora podemos maldecir o loar en público. Se acabaron las reuniones a la vuelta de nuestros viajes para contar, de nuevo a nuestros amigos, de nuevo los de verdad, nuestras expediciones por el mundo. Ahora podemos presumir de nuestra condición global creando más y más y más álbumes de fotos para que todos los demás tengan envidia de nuestros desplazamientos terrícolas. Se acabó disfrutar de la melomanía en solitario. ¿Quién quiere escuchar música en privado cuando puedes demostrarle a los demás tus grandes conocimientos musicales? Se acabó llorar a escondidas. Ahora podemos llorar en Facebook y compartir la profundidad de nuestras trivialidades. Se acabó desear en silencio al próximo amor de nuestra próxima vida. Ahora podemos enviarle un mensaje privado gracias a su probable participación en este archivo social. Se acabó la ludopatía. Ahora podemos ser adictos a algo sin gastarnos un euro. Se acabaron los encuentros casuales. ¿Quién quiere perder el tiempo en la inconsistencia de la probabilidad si puedes ir “casualmente” al sitio donde alguien dijo públicamente que iría? Se acabó tener que elegir una fiesta entre todas las demás. Ahora puedes ir a todas a la vez con un simple clik sobre la opción “asistiré”. Se acabó la negación  dentro de la dialéctica bipolar a la hora de elegir. Ahora sólo existe la opción de que te guste algo. Se acabó jugar a olvidarse de alguien. Ahora sus comentarios en cualquier muro te recuerdan groseramente que esa persona existe, por mucho que tú te empeñes en que no. Se acabó dar paseos de fin de semana por los parques de la posmodernidad, los centros comerciales. ¿Quién quiere despegar su culo del sofá cuando puedes pasarte toda la tarde del domingo mirando fotos de gente que no conoces? Se acabó pelearte con alguien. Ahora puedes hacer una declaración de desinterés borrándolo de tu lista de agregados. Se acabó la incertumbre ante la personalidad ajena y el miedo al ridículo. Ahora, cuando decidimos dar el primer paso y tomar un café con un alguien-por-conocer, tenemos la oportunidad de saber más cosas acerca de su personalidad que tras un año de encuentros paulatinos y de abrumarla con una casual coincidencia en todos los temas de conversación. Se acabó la monogamia fraternal. ¿Quién quiere un amigo cuando puedes tener hasta cinco mil? Se acabaron las jerarquías y la obligación de definir a los que nos rodean. Ahora todos son, simplemente, amigos. Se acabó el derecho a la limpieza en el pretérito. Ahora nuestra vida es un palimsesto on line. Se acabó tener que acordarte del cumpleaños de la gente que te importa. ¿Quién quiere estresarse intentando recordar de memoria tal día señalado si Facebook te lo recuerda, y con días de antelación, por si la ocasión merece el gesto de un regalo? Pero, ¿quién quiere gastarse dinero en regalar algo a alguien si ahora puedes enviarle un icono?  Se acabó la amistad. Para todo lo demás… Facebook.

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