Dicen los que dicen entender la semiótica (que por algo la inventaron, además de ingeniarla por el placer de hacernos sentir a los demás completos ineptos en el uso de nuestra herramienta de comunicación más ordinaria: el lenguaje) que, entre muchas otras cosas, son los objetos los que completan nuestra identidad. La semiología se extendería, pues, a nuestras protésis, relacionadas entre sí y con un valor general de conjunto y no tanto por el análisis de los objetos particulares. Y como es a través de anécdotas como mejor se ilustran las teorías más excelsas, aquí va un ejemplo bien sencillo. No se es moderno por tener unas Rayban Wayfarer, no se es elegante y refinado por llevar puesto un Chanel, como tampoco se es skater por llevar unas Van’s o intelectual por pretender que se lee un libro de Deleuze en el metro. Estos objetos, además de personificar la sustancia y la esencia de las marcas que comparecen en el tribunal crematístico del capitalismo emocional, también desempeñan una función determinada dentro del teatro de las vanidades, perdón, identidades. Es la puesta en desorden de todo lo que vamos acumulando y permitimos que los demás vean (hay cosas que vienen de la tienda para irse a un cajón oscuro y terminar finalmente en el cubo de la basura y de ahí al infinito y más allá) lo que se permite conformar un palimpsesto involuntario de lo que somos a ojos de los demás. Los demás conocen mejor que nosotros mismos la imagen que damos porque sólo nosotros conocemos la imagen que queremos dar. Y no siempre se corresponden entre ellas. Dicen los que pretender dar clases de psicoanlásis en la barra de un bar que la felicidad está en algún punto entre lo que somos y lo que queremos ser. Quizás la felicidad sólo esté en tener los objetos que queremos poseer porque la felicidad es un invento de la publicidad para aumentar la demanda de indispensable producción superflua y la salida de sus remanentes.

Pues bien, quizás los semióticos se equivoquen (aunque esto no sea algo que hagan con frecuencia los pensadores más empíricos de la posmodernidad) y no resida en el compuesto de nuestras pertenencias lo que nos otorga una personalidad u otra sino en la ecuación resultante de sumar todas nuestras manías, restar las de los demás, multiplicarlas por las que todavía no se han manifestado y dividirlas entre todas los obstáculos que tienen para ser confesadas. Porque, a fin de cuentas, incluso las manías padecen manía persecutoria: siempre hay otras costumbres extrañas, caprichosas y poco adecuadas esperando el momento perfecto para su aparición estelar en la vida del sujeto posmoderno, esa entidad que es capaz de aunar la polisemia conceptual y pasa de maníatico a maníaco con extrema felicidad. La publicidad nos corrompe, los objetos se pierden, pero las manías son el único avalista que nos defiende de la otredad. Y de las manías de los otros. No obstante las manías son como el pasado: todos tenemos uno, pero esto no es razón para entorpecer la vida de los demás con él. O sí…

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