Para ser fieles hay que creer en la lealtad. Y para creer en la lealtad hay que creer en el honor. Y para creer en el honor hay que ser  candorosamente estúpidos o anacrónicos personajes de la literatura decimonónica. Nuestro máximo oráculo de la posmodernidad, el excelso manual de autoayuda, nos dice: “sé fiel a tí mismo”. De aquí se deriva un implícito “sé fiel al otro”, como reza el manual del perfecto reaccionario occidental. A priori ser fiel a los otros ya implica una contradicción inherente: la infidelidad de la fidelidad. A posteriori nosotros le decimos a tamaño compendio de sabiduría integrada en la sección de invalidez sentimental permanente de la fnac, ¿cómo vamos a ser fieles a nosotros mismos si somos infieles al otro continuamente?, ¿cómo vamos a ser fieles al otro si no somos capaces ni de ser fieles a nuestro última adquisición en la sección de rebajas amorosas? ¿cómo vamos a ser fieles a nosotros mismos si la identidad es como el escaparate de una tienda juguetes?

Todas estas preguntas, que han servido de perfecta excusa para permutar la alta fisolofía en sobrante psicología de revista de tendencias, nos llevan a un punto crucial: a ninguna parte. No obstante, a la hora de hablar de la fidelidad (porque de la fidelidad sólo es posible hablar, ya que la tradición nos ha legado una tesis huérfana de praxis) hay que tener en cuenta varios aspectos que serían indignos de un ensayo sociológico. El principal de todos ellos se ocupa de la fidelidad en los tiempos de la totalitaria democracia neoliberal, en contraposición a la infidelidad en los tiempos de cualquier magistradura extraordinariamente totalitaria. Durante una dictadura al más puro estilo clásico, es decir, con un solo dictador y no con nuestro actual sistema de déspotas camuflados por el anonimato de ciertas corporaciones con siglas pero sin apellidos, la fidelidad es uno de los puntos fuertes dentro de una estructura social organizada bajo la privación de todas las libertades posibles. Su contrario, la infidelidad, en este contexto no sería un acto de traición conyugal, sino una lícita demanada de libertad individual. En pleno franquismo la infidelidad podría ser percibida como un laudable acto político, motivo por el cual muchos de sus de sus disidentes se sorprenden ante nuestro actual panegírico sobre la fidelidad.

Para qué negarlo, hoy día el sujeto posmoderno reclama la fidelidad como antes el resignado indócil habitante de los diversos cesarismos de la modernidad soñaba con reclamar los derechos civiles que actualmente nos parecen connaturales al ser occidental. Esta exigencia de fidelidad conyugal se debe a una situación existencial y una experiencia encadenadas a la continua fluctuación de todas las partes que supuestamente habrían de ser seguras, consistentes y sólidas. El sujeto posmoderno necesita sentirse sujetado a algo y, puesto que todo lo demás es inestable, se permite, de vez en cuando, creer en pantomimas como la fidelidad. Eso sí, como en la buena literatura, esta pésima narrativa termina siempre en tragedia, con algún que otro Edipo cegando la evidencia gracias a las últimas gafas de sol del mercado.

El retorno de la fidelidad al desierto de lo real no deja de obedecer, pues, a premisas marxistas: es la economía la jefa de todo este desbarajuste social y la que nos obliga a no desear a la novia de nuestro mejor amigo so pena de mundanal y fariseo ostracismo social. Pero, puestos a suspirar por las pertenencias ajenas que no pertenecen a nadie, qué mejor procedimiento que una autocensura derivada de indiscutibles motivos para una porfiada sublimación del incesto postizo. La pulsión por la infidelidad no deja libre a nadie dentro de la macroestructura socioeconómica posmoderna, porque incluso son infieles los abanderados críticos culturales anticapitalismo. Ya se sabe que los primero infieles son los marxistas, que dicen casarse con el marxismo pero no dejan de coquetear toda su vida con el capitalismo gracias a la ontogénesis condescendiente del pensamiento acusador. Sé fiel a tí mismo, pero para ello primero has de ser infiel a todo lo demás.

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