Se dice que los años noventa fueron convulsos, porque decir en tercera personal del verbo bajo voluntad de impersonal y en intransitivo permite cierta relajación y alejamiento hacia la opinión que se toma como propia. Pues bien, se dice o dicho es (gracias también a tí, semiótica bendita, que nos permites ser más pasivos todavía y apelar a la realidad con la inacción linguística… ¡que la deconstrucción nos pille confesados!) que los años noventa fueron ligeramente crispados. Allá se quedó la URSS para volver a vestirse de Rusia, pero esta vez con un ejército de capitalistas apestando a perfume caro y no con una minoría zarista que apenas sabía lo que era el desodorante. Allá se quedó el sueño comunista gracias al fin de la pesadilla, también comunista. Allá se quedaron, en el Golfo Pérsico, las excusas para futuras y fracasadas guerras eufemísticas; allá nació este país y archipiélago fraudulento que es la Unión Europea, dejándonos bien claro que el café no cuesta lo mismo en Salamanca que en París y que preferimos como carta de recomendación geopolítica ser el sur de una potencia de mentira que ser el norte de un continente plagado de ONG; allá se quedaron las estadísticas que con excelso orgullo occidental demostraban que la pobreza está en otros sitios, América Latina, por ejemplo; allá se quedó el techno, esa música electrónica nacida en Detroit que tan ajenamente europea le resulta al yanqui medio… Estamos en el año 1988 después de Jesucristo. Todas las radios están invadidas por el rock. ¿Todas? ¡No! Una ciudad poblada por irreductibles dj’s resiste todavía y siempre al imperio del rock.

La década de los noventa se quedó en el siglo pasado. Aunque los primeros diez años del nuevo milenio tampoco se han quedado cortos en espasmos. La epilepsia es la patología favorita de la historia. Será por ello que Estados Unidos todavía se revuelca por el suelo a causa de la pérdida de su hegemónica gloria pasada.. Pero dejando la macrohistoria de lado y haciendo uso de las nuevas tendencias intelectuales made in USA, el techno vendría a abrirnos los oídos, a destrozarnos el cerebro, a enseñarnos que bailar no es una cosa de viejos durante las fiestas patronales y a provocar una vertiginosa defunción de las mañanas de domingo.

El techno vino de Detroit para expandirse por todo el mundo civilizado hasta convertirlo en un territorio de incívicos comportamientos auspiciados por la permisividad del espacio nocturno. Si nuestra conducta matutina se viera asaltada por nuestros otros ebrios lances noctámbulos, más de una vez hubiésemos terminado el día en comisaría. El techno apareció mesiánicamente en Detroit para desterritorializarse a lo largo y ancho de las fronteras musicales gracias a una hueste de adeptos a las matemáticas. La ecuación resultante se explica de la siguiente manera: cuatro x cuatro x las horas que aguante un ser humano sin parar de bailar x la cantidad de sustancias ilegales que dicho ser humano sea capaz de ingerir y metabolizar en un determinado espacio de tiempo en el que se pierde la definición, tanto del tiempo como del espacio. A fin de cuentas, el techno no hizo otra cosa que actualizar las vetustas dinámicas sociales del vals, logrando además una renovación de la arquitectura templaria. Pero las nuevas catedrales ya no se miden en función de sus vidrieras góticas o altares barrocos, sino en función de la potencia de sus altavoces. Si todo cristiano que se precie quiere ir alguna vez a El Vaticano y todo musulmán ha de ir sí o sí a La Meca al menos una vez en su vida, todo tecnópata que se precie habría tenido que pisar y pisotear, al menos una noche de cualquier fin de semana, El Tresor de Berlín. Desgraciadamente, la caída del muro de Berlín también se llevó por delante el club más célebre de techno, dejándonos a cambio una Alexanderplatz que nada tiene que ver con las descripciones de Alfred Döblin.

Lo que no lograron los políticos durante muchos años,  ni las colaboraciones de Nike con Adidas, lo consiguió el techno: la alianza entre Estados Unidos y Alemania a través de la confederación electrónica entre Detroit y Berlín. Pero como sucede en toda relación bipolar que se tercie, una de las partes acaba debilitando, dominando y superando a la otra parte. Si Washington se impuso sobre Moscú, Berlín hizo lo mismo con Detroit, apropiándose simbólica y eficientemente del sonoro descendiente espurio del rock.

Anécdotas aparte, el techno vino al mundo a demostrarnos varias cosas: que la música no es un lenguaje universal sino una gramática que se aprende mediante la repetición (para probarlo basta una sencilla prueba empirica como, por ejemplo, obligar a nuestro abuelo a una atenta escucha de “Spastik” de Plastickman); que la música no trae consigo ninguna revolución social, por mucho que algunos quieran seguir mirando el mundo con su voluntaria miopía llena de pasivas intenciones, y menos una música capaz de doblegar la voluntad política del ser humano con tanta facilidad como el techno; y que nuestra tradición es la falta de tradición y su tenzaz nostalgia por un futuro que ya es pasado.

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