Cuando éramos pequeños las teleseries eran interludios emancipatorios de nuestro rutinario cronómetro infantil. Claro que, por frecuente que fuese la repetición de la costumbre, en la infancia los días daban más de sí y albergaban algo de lo que carece la vida adulta: la verosimilitud de la aventura.

Cuando éramos pequeños las teleseries eran aquello que nos hacía soñar todavía más porque las pesadillas sólo tenían monstruos verdes o vampiros todopoderosos gracias a la construcción metafísica de un infierno a base de inanimados dibujos animados. Asimismo, por aquel entonces los juguetes resolvían todos nuestros problemas, además de inyectarnos sutilmente todo su manual de buenos y perfectos adultos”. De mayores, ni adultos ni buenos ni perfectos, los dispositivos de placer son otros. Y su promesa de aventura  dura lo que tarda una meada en ausentarse por la taza del váter. Entre cinco y cuarenta segundos.

Es por eso que, para olvidarnos de soñar, porque soñar es demasiado cansino y exige un exceso de voluntad que no tenemos, ocupamos un impreciso margen de tiempo precioso viendo teleseries. Para dormir en vez de soñar. Porque soñar implica imaginación y la imaginación requiere de ingenio, voluntad, creatividad y perseverancia, aspectos de los que no está muy sobrado el ser humano contemporáneo. Para soñar, primero hay que dormir. Pero para soñar también hay que tener muchas más ganas que para dormir. No obstante, dormir exige igualmente cierta gimnasia y una disposición extraordinaria: la tregua con nosotros mismos. Es, ante la imposibilidad de concertar una cita con alguna de estas dos posturas, cuando surgen las teleseries como indolente coyuntura para unas vacaciones del yo. Y, además, con un guionista profesional al que no tenemos que pagar directamente por sus consuetudinarios servicios.

La deserción del yo es algo que reclamaba el señor Pessoa con perseverancia y desasosiego en sus escritos, quizás fruto de una climatología lusa con gran falta de ventilación existencial. A pesar de los intentos de Fernando, las vacaciones del yo sólo fueron ensayadas por otra gran celebridad de la cultura del siglo XX: el culturista, actor y político austriaco nacionalizado estadounidense Arnold Schwarzenegger. Pero a este Hamlet bipolar, entre poli de guardería y cyborg asesino, tampoco le salió muy bien el desafío parcial a la máxima autoridad psicológica del ser humano: la identidad y sus ecos en forma de personalidad desmontable. Ni Pessoa ni Douglas Quaid. Lo mejor es olvidarse de uno mismo viendo una teleserie cualquiera hasta que dormirse no requiera  ningún empeño.

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