Si internet vino al mundo para expandir la realidad comprimiéndola dentro de una pantalla de medidas variables, la web 2.0 llegó a los ordenadores para recordarle al sujeto contemporáneo que, entre muchas de sus competencias dentro del vital desorden posmoderno, todavía es capaz de pensar. Es más, con la aparición mesiánica del diseño web centrado en el usuario, pensar se ha convertido en un deber y en una obligación. De la noche al día, el sujeto posmoderno se ha visto enfrascado en una nueva tarea: demostrarle al mundo lo inteligente, subversivo e insólito que es su pensamiento ordinario. ¿Y qué mejor manera de llevar a cabo este encomiable derecho epistemológico que la inclusión de otro blog dentro del éter enrarecido de la blogosfera?

Sin embargo, la epistemología, esa rama del conocimiento filosófico que con tan arduo trabajo consiguieron erigir los alarifes del pensamiento, corre el riesgo de convertirse nuevamente en doxa. A pesar de todas sus supestas virtudes, el pródigo legado de la web 2.0 es uno de los principales motivos por los cuales el padre de la metafísica occidental podría estar revolviéndose en su tumba. Pero como al ser humano del siglo XXI le gusta mucho más Freud que Platón, la web 2.0 y sus ecos gnoseológicos pudieran contemplarse como el enésimo intento psicoanalítico de todo ser humano de cometer parricidio al menos una vez en la vida. No obstante, la excelsa inteligencia colectiva nunca nos salvará de la prosaica estupidez individual.

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