El ser humano nace, crece, se desarrolla, se aburre, encoje y muere. El primer y último acontecimiento de la cadena, a pesar de la presión atmosférica de las contracciones y del desconcierto de los espasmos, no generan grandes conflictos. El calvario llega luego. En la fase del desarrollo se acompaña además de granos y esquizofrenia hormonal; en los años posteriores se da lo que se conoce como viacrucis o madurez no resuelta satisfactoriamente. Es entonces cuando empieza el aburrimiento. Y las depresiones. Porque nuestro humano abandona el gueto confraternal para cometer una de las mayores aberraciones: se enamora. Y a esa edad enamorarse no es como enamoriscarse. A esa edad el amor implica traición. Se comete felonía para con los mejores amigos, que pasan a convertirse en mejores enemigos en potencia. Porque, llegados a los treinta, el ser humano se enamora y se vuelve más mancebo que en la adolescencia.

Puesto que no supera el tedio, nuestro humano enamorado decide (o deciden por él) desenamorarse. Y entonces solicita la reincorporación en la hermandad de antes. Mientras espera la respuesta a su solicitud de ingreso en el nido abandonado, realiza tareas tales como cambiar su foto de perfil en facebook, ordenar el armario, leer los libros que no se leyó porque el amor no le dejaba tiempo y, en el caso de que no supiese ya, aprender a cocinar. Pero la resolución del enigma se vuelve sentencia. Veredicto: culpable. De exogamia. Y de hacer de una única persona el epicentro de su existencia. Entonces ya es demasiado tarde porque sus amigos, como antes hizo él, cayeron en la trampa de los treinta y también se enamoraron con visión de futuro y no con los efímeros lances endocrinos de la pubescencia. Y ya no están para el despecho en grupo, que bastante tienen con el resentimiento en pareja.

Nuestro ser humano, que todavía no ha conseguido superar el aburrimiento y su primera efectiva depresión afectiva, se cuela en un segundo estadio deprimente: la soledad pragmática. Ya no le quedan ni mejores amigos ni novios ni novias. Entonces, si no es alérgico, se compra un perro. O un gato, que da menos trabajo. Y así hasta que, aburrido del aburrimiento, se encoje. Y muere. Para darse cuenta tarde de que poco importa morirse solo o morirse acompañado si se vive solo siempre. Porque a esas alturas, hasta su mascota le demostró que nada era para siempre.

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La peluquería es la institución mental a la que uno acude antes de llamar dos veces a la puerta de cualquier otro frenopático ocasional. Cuando se quiere cambiar de vida pero a lo máximo que llega el impulso es a un anémico cambio de apariencia, quedan dos opciones: las tienda de ropa y las peluquería. Dado que en las primeras el trato personal no está garantizado gracias a la doctrina favorita del capital, CIY (Choose It Yourself), el pusilánime existencial opta por la segunda opción, donde el contacto directo del peluquero sobre su cabeza articula simulacros afectivos.

En teoría uno va a la peluquería porque quiere, o bien cortarse el pelo, o bien cambiar de look capilar. En la práctica, la amputación de cabello supone una maniobra un poco más trascendental de lobotomía superficial. Porque cuando una persona reclama continuas reformas de arquitectura capilar a lo largo de un período de tiempo más o menos breve, lo que está manifestando es una sobresaliente ineptitud a la hora de ejecutar transformaciones tales como un cambio de trabajo, de casa, de pareja, de amistades, de ciudad, de dieta alimenticia, de gustos literarios o de cepillo de dientes. El sociópata en paro, en vez de fagocitar sus problemas, se decanta por la guillotina estética sin darse cuenta de que la felicidad de un nuevo corte de pelo apenas dura lo que dura el corte. Porque los peinados, a diferencia de las decisiones, se deshacen.

La Posmodernidad le dio con la puerta en las narices a todos aquellos grandes y pretenciosos relatos que llevaban años y años desfilando por la gran alfombra roja del pensamiento. La gala del inmutable gran Festival del Cambio se transformó en la dantesca Resaca de lo Inverosímil. Y aún nos duele la cabeza, a pesar del ibuprofeno de cada día. Sin embargo, entre las sobras del empacho volitivo de lo Posible todavía desfila un superviviente: el príncipe azul. Será que, al ser rubio, se hizo el sueco. Y, en vez de morirse como todas las demás inverosímiles ficciones creíbles, decidió quedarse a la deriva, sin arca y sin Noé redentor pero destiñendo de rosa embaucador los insomnios de todas las neoprincesas histéricas que exigen albedrío sentimental a la vez que lloran porque nadie les compra flores y las rescata del cinismo polígamo de los idilios de sábado por la noche.

El príncipe azul de nuestros días es pusilánime. Será que le quitaron su refinado corcel. Para conquistar doncellas posmodernas que vivan en un ático de lujo no es necesario un caballo: hace más falta tener un teléfono caro, un par de carismáticos zapatos y la intensa actitud de “hoy me caso contigo pero mañana no me pidas que me acuerde de tu nombre”. El príncipe azul, a pesar de su cromática patente –pantone process blue-,  empalidece cada vez que le hablan de un tal mañana porque a él, en el Colegio de la Aristocracia Afectiva, sólo le enseñaron la conjugación del presente. Motivo por el cuál se escabulle cada mañana de una guillotina con zumo de naranja, besos pringosos, mermelada de fresa e impracticables adverbios. Porque, para desesperación de muchas neoprincesas y sus apresurados aprendizajes culinarios en la sección femenina del Colegio de la Alucinación Sentimental, al príncipe azul posmoderno no le gusta quedarse a desayunar por las mañanas. Será que nuestro galán condeco(lo)rado practica voluntariosamente el ayuno romántico y prefiere irse de cañas con el resto de paladines de la promiscuidad. Y, de paso, ir a recoger su nuevo uniforme a la tintorería para para inminentes y arriesgadas hazañas. Porque tanto el príncipe posmoderno como la neoprincesa hacen gala de una pigmentada y esmerada educación estilística, acorde a cada brote pasional, a cada velatorio amatorio y a cada funeral sentimental.

Dentro de la considerable cantidad de seres vivos que habitan el mundo, sólo hay una tipología capaz de ejemplificar en cada uno de sus especímenes la categoría del absurdo: el homo sapiens. Y ello es debido a que este ser, humano según narran las taxonomías bioambientales, posee una cualidad insólita. El raciocinio. Y, colateralmente, la razón. Pero como sólo aquel que posee algo es capaz de perderlo, el homo sapiens es muy proclive a la pérdida de la razón a pesar del los constantes intentos de preservación y restauración por parte del raciocinio.

El ser humano es el único animal que se pasa media vida deseando enamorarse y la otra media, una vez enamorado, queriendo desenamorarse. También es el único ser que, obligado por lo social de la puesta en común de la razón, tiene que trabajar para vivir y termina viviendo para trabajar. Media vida se la pasa deseando encontrar un trabajo y la otra media, ya activo dentro del mercado laboral, lamentándose y soñando con escaparse de sus penosas actividades profesionales. Además, el objeto de estudio favorito de la sociología es el único animal que rehúsa voluntariamente la ingestión de alimentos aún y cuando tiene mucha hambre a través de un sinfín de argumentos basados en unívocos edictos estéticos que, en el fondo, esconden motivos que persiguen una actividad sexual no reproductiva. Su incoherencia es tal que se permite odiar a sus amigos y amar o desear a sus enemigos.

Nuestro espécimen, además es ególatra, como lo demuestran una cantidad notable de disciplinas surgidas de esa cualidad que lo hace tan célebre: el raciocinio. De su continua veneración por sí mismo surgen ecosistemas como la literatura, el arte, la sociología, la filosofía, la física creacionista, la religión, la antropología, la psicología, la anatomía médica y el periodismo. A pesar de todos estos y demás análisis centrados en la concienzuda observación del contexto en relación a sí mismo cuya finalidad implícita es la creación de un manual del buen ser humano y de los correctos usos del raciocino, el hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra cien veces. Será que, como es el único animal que posee maletas, colecciona involuntariamente los errores propios para sacarlos de nuevo al escenario existencial en los momentos menos apropiados.

El ser humano es el único ser vivo que desea su personal muerte individual. Y que, sin embargo, aunque no es libre de cometer homicidios voluntarios, los perpetra en dos modalidades: real e hipotéticamente. A pesar de presentarse ante el mundo como un ser soberano de sí mismo, es el único animal que encarcela, arresta y condena a los otros. Para liberarse del la coherencia que requieren los juicios, el homo sapiens es el único animal que exige potestad para emitirlos pero no para recibirlos. El hombre, además, es el único animal que poseyendo una cualidad beneficiosa e innata como el ethos, se permite continuos extravíos dentro de la dictadura del pathos. Si la razón produce monstruos, esto se debe a que, como cualquier otra cualidad humana, es presuntuosamente defectuosa.

Si las lavadoras aterrizaron en la tierra para terminar con la hacendosa tarea de las lavanderas, las lavanderías se instalaron en los barrios de las grandes ciudades para acabar con la mecánica complicidad doméstica de las lavadoras. Y para obsequiarnos con otro locus amoenus en el que conocer al gran amor de la semana. O, al menos, de los minutos que duren el lavado y el secado de la colada. Eso siempre y cuando lo que nos cuentan las películas sea cierto y no otro cuento de hadas posmoderno.

Las lavanderías y las lavanderas están mucho más cerca entre sí de lo que pudiera pensarse, aunque de por medio tengan dos útiles dispositivos caseros que hicieron el desplacer de los fámulos comparable al placer de las diligentes amas de casa: el lavadero individual y la máquina de lavado unifamiliar. Tanto las lavanderías como los lavaderos públicos de los pueblos desempeñan su preclara función como enclave social estratégico en el que ponerse al día de las últimas tendencias de nuestros explorados vecinos y de nuestros ignotos conocidos. Y, de paso, para custodiar ese túmulo monumental que es el chismorreo indiscrecional. Amén de asesinar las manchas, desterrar los malos olores e insertar aroma de suavizante en nuestras prendas de cada día.

Si en los lavaderos públicos es posible experimentar una vuelta a la edad pajiza de lo rural, cuyas connotaciones áureas derivan de la falta de un conocimiento empírico directo, en las lavanderías urbanas, por el contrario, es posible ensayar un retorno a la prometedora atmósfera de la modernidad. Porque, para el que nunca ha empleado con anterioridad el pack industrial de lavado+secado -en poco más de lo cacarea el verdugo de al lado mientras la espléndida adolescente de más allá toma apuntes en su libreta para darse un vaho de intelectualidad- nos coloca en una posición semejante a la de aquellos que, tiempo ha, observaron con estupefaciencia el paso de los primeros automóviles en un apestosos entramado aderezado con las delicias gastrointestinales de la caballería transportante.

Las lavanderías se erigen ufanas en un mundo donde la vuelta al campo se ha convertido en una Ítaca donde Ulises espera, eso sí, que sea otro quien le lave los calzoncillos. Mientras tanto, los lavaderos públicos, esperan con su bucólica capa de musgo y sus pastoriles aguas turbias que la UNESCO les otorgue el ordinario estatus de patrimonio de la humanidad.

En la era del simulacro, de tanto fingir que se es feliz, a veces, uno empieza por serlo. Pero justo cuando esa alegría satisfactoria empezaba a despuntar, su final arremete con apática violencia. Y ya no se es feliz. De nuevo habitualmente.  La felicidad es como una película que, tras los títulos de crédito iniciales, coloca ufanamente el cartelito de “the end”. Otras veces la felicidad  se parece a la publicidad porque dura lo que duran los anuncios televisivos: escasos y onerosos segundos.

En la era del simulacro no se perdona. Se finge que se perdona. Y de tanto fingir uno acaba por creerse que es posible perdonar. Sin embargo, para que la ficción del indulto se haga real se requiere una sobredosis de amnesia. Y, aunque perdonar es olvidar, olvidar es fingir que uno no se acuerda. Porque ya se sabe que el recuerdo es un despiste nocivo para la salud.

En la era del simulacro uno no ama. En todo caso, se quiere a alguien, como se quieren tantas otras cosas en esta vida: con volición y alevosía. Pero de tanto querer, follar, discutir y lastimarse uno acaba creyendo que ama. Los más listos, sin embargo, se masturban. Porque no hay mayor metabolización del simulacro que el narcisismo carnal.

En la era del simulacro uno no lee libros. Uno se los compra y los coloca en el salón, a la vista de cualquier intruso habitual. Porque de tanto verlos en las estanterías, uno acaba creyéndose que, indefectible, se ha pasado las tardes de domingo entre páginas y más páginas cuando, en realidad, el descanso dominical es patrimonio de la resaca, esa lamentable materialidad efectiva y palpable del gran simulacro social: la vida nocturna y sus relaciones colaterales.

En la era del simulacro hay un montón de intelectuales dando la tabarra para que analicemos la realidad y no nos dejemos llevar por las placenteras y engañosas corrientes de la simulación efectiva, cuando no hay mayor simulacro que una teoría oportunista intentando ajustar una práctica distraída a sus conjeturas. Por eso aceptamos que nuestra realidad es hiper, Debord es Dios, Baudrillard es Jesucristo, Bill Gates y Steve Jobs se disputan el Papado y todos los demás somos devotos infieles esperando a que terminen su sermón.

El termómetro predilecto de las sociedades tardocapitalistas  se llama éxito y divide a los individuos en dos tipologías: personas con éxito y perdedores, también conocidos como losers dentro del políglota mundillo moderno. Mientras que los primeros, ya desde su identificación, conservan la facultad definitoria del homo sapiens, además de detentar una preposición que anticipa sus múltiples pertenencias simbólicas, los segundos tienen que conformarse con un adjetivo para su denominación de origen sin destino.

La relación de un individuo con la sociedad está marcada por el éxito y, a su vez, su relación con éste está en riesgo permanente gracias a dos agentes que, con suma facilidad, pueden arruinar los buenos resultados de nuestras continuas negociaciones existenciales: el miedo y el fracaso. Lo peor de la combinación entre miedo y fracaso no es el miedo al fracaso sino el miedo producido por la posibilidad de fracaso. Aunque tanto el fracaso como el éxito sean básicamente una sensación, su impacto trasciende con creces el orden sensorial e inciden directamente en el desorden de las capacidades para una supervivencia triunfante que provoque muertos de envidia por todos los rincones.

Dentro del teatro de las representaciones sociales, el éxito es aquella circunstancia que concede a quienes la procuran con mayor o menor diligencia un rol más elevado dentro del hipotético catálogo de situaciones individuales dentro de una coyuntura determinada. El éxito, al igual que el poder, no es algo que se posee aunque, con una fulgurante tarjeta de crédito, se pueda comprar: es una circunstancia y, como tal, limitada en el tiempo y en el espacio.

Su alter ego, el fracaso, es un sentimiento que provoca continuas e intermitentes parálisis en la evolución de un individuo, por mucho que los manuales de autoayuda repitan que el fracaso es un avezado pedadogo y que la evolución es un concepto relativo puesto que ¿qué otra cosa podría decir esta excelsa filosofía del desamparo si sus cuantiosos beneficios económicos derivan del siniestro parcial del común de los mortales? El fracaso aparece esplendorosamente cuando uno opina que debería haber llegado muy lejos y siente que sus mayores logros del día se reducen a la satisfacción de funciones vitales básicas tales como dormir, respirar, comer, beber, comprar y caminar. No osbtante, este sentimiento que nos alimenta a base de frustraciones, penurias y demás miserias en conserva, es el máximo responsable de los grandes hits de nuestra cultura, desde la literatua hasta el cine, pasando por la ópera y la papiroflexia amateur en la barra de un bar. Incluso, de tanto en tanto, actúa como irrefutable organismo regulador de los índices de población, diseminando suicidas por las aceras, los ríos y las vías del tren.

La relación entre el éxito y el fracaso es un matrimonio en divorcio permanente, algo así como una historia de amor imperdonable entre el cielo y el infierno que, además, actúa por ósmosis porque, a fin de cuentas, él exito de unos siempre se mide en función del fracaso de otros. Pero, mientras que el éxito, como el Ibex, descuella; el fracaso, como la Inquisición, degolla.

Parece ser que antes, cuando los griegos eran adictos al paripatetismo y no un ejemplo más de contemporáneas calamidades político económicas, los sentimientos existían como entidades externas que pululaban por la troposfera para ver si, con un poco de suerte, conseguían invadir durante el mayor tiempo posible a todo aquel humano despistado que, por un momento, abandonaba los designios de la razón y se adentraba involuntariamente en las tóxicas corrientes del pathos. Tranportándolo al ámbito mediático de nuestros días, los sentimientos eran a aquel mundo lo que la publicidad es al nuestro: armas de corrupción masiva.

Parece ser que hubo tiempo en el que se creía en la razón como epicentro evolutivo de nuestras funciones desiderativas. Parece ser que no resultó ser así y que, al día de hoy, los sentimientos no nos pueden invadir porque hace mucho que nos conquistaron. Y además, están en oferta y traen consigo alguna que otra gratificación en forma de actividad suplementaria. Es entonces cuando se producen acontecimientos duales como morirse de amor, caer en depresión, levantar pasiones o montar en cólera.

De toda la coyuntura afectiva, el amor se lleva la palma porque, como todas las desgracias, nunca viene solo, sino que se permite viajar por nuestras almas con todo un séquito patético que tiene como función primordial no dejarnos solos ni a sol ni a sombra. Será que al amor le gustan el claroscuro y los contrastes lumínicos fuertes. Y como al amor también le gusta hacer la guerra, de vez en cuando cede la cadena de mando sentimental a la cólera que, no por casualidad, entrega eventualmente su nomenclatura a una enfermedad infecciosa ocupada en destilaciones de diversa índole.

La cólera es uno de los afectos más deportivos que existen: a parte de proporcionarnos una ración considerable de vesania airosa, incluye el aumento de la presión sanguínea y el ritmo cardíaco, además del incremento de nuestros niveles de adrenalina. Nada más lejos de la actitud contemplativa, analítica y sosegada del pensamiento racional. Mientras que para pensar bien se recomienda caminar en círculos y dibujar un horizonte mental, para manejar la cólera no hay nada mejor que dar patadas a las paredes a falta de platos para romper en el armario. Pensándolo mejor, la cólera es el sentimiento adecuado para darnos cuenta de que no necesitamos la mayor parte de los objetos que nos rodean porque todos son potencialmente prescindibles y rompibles en un arranque de la misma. Eso sí: loo malo de montar en cólera es que luego hay que desmontar. Y es que apenas bastan dos segundos para padecer un arrebato de rabia, mientras que se necesita una sobredosis de sosiego para que la ira se vaya con su supuración de violencia castrada a otra parte.

El intelectual, ese espécimen social inventado a finales del siglo XIX, está cambiando. O lo que es lo mismo: los intelectuales ya no son lo que eran porque, por no ser, ya ni siquiera son feos, leídos o socialmente incompatibles. La genealogía de este organismo pluridisciplinar permite situar su nacimiento en el epicentro genético de una encrucijada especulativa: la unificación del filósofo, el poeta, el artista y el científico en un ente social yuxtapuesto. Desde sus orígenes, la teleología del intelectual no está muy clara. Se observaba, sin embargo, una paulatina adquisición del privilegio del juicio con veredicto añadido sin tener que conocer desde la práctica empirista ninguna de las disciplinas que comenta, critica y analiza. O, por poner un ejemplo, al intelectual que opinaba sobre literatura no se le exigía que fuese un escritor excelente. Bastaba con que fuese inteligente, ingenioso y erudito. Y si carecía de alguno de estos requisitos, siempre podía ayudarse de la autoridad que concede el arte del sofisma categórico.

Aunque muchas de estas premisas siguen vigentes dentro del heterogéneo paisaje intelectual, ciertos hábitos se han ido por voluntad propia al baúl de los recuerdos. En primer lugar, el intelectual ya no es aquel energúmeno con exceso de acidez estomacal y contenido crítico multivitaminado de aquellos ¿maravillosos? años. Ahora, sin dejar de echar de menos la modernidad lampiña y su bohemia desfasada, el intelectual es posmoderno y, por consiguiente, adicto a la fragmentación, a los eventos sociales, al pica-pica cultural y al lamento constante y gratuíto pero poco convincente. Ya se sabe que, en los círculos de sociedad posterudita, el menosprecio tiene más caché que el aprecio. Es típico del intelectual en período de prueba alegar que el último disco de una banda, el último libro de un escritor o la última película de un director son siempre más malos que los anteriores, remitiéndose épicamente a los hits creativos de cada uno de ellos para demostrar su extenso dominio en materia.

Si intelectual de antaño era sabio, considerablemente añejo, escasamente atractivo (a no ser por el componente erótico de su eminente patrimonio cultural), amante del buen vino y del whisky aún mejor y con diversas enfermedades oculares, el intelectual de nuestros días es un genio precoz, apenas roza los treinta, folla considerablemente bastante, toma drogas y lleva gafas sin necesidad de ser miope, preferiblemente de sol.

El intelectual de antes podía ser orgánico, apático y antisocial; el de ahora está obligado a ser tecnológico e hipertextual, expansivo y sugestivo. Además las bibliotecas o los cafés de tarde ya no son su natural hábitat artificial porque ahora presume de diversos gadgedts último modelo y no duda ni un segundo en sacar donde sea su Iphone del bolsillo y aniquilar la extensa temporalidad de una contienda dialógica. Si el intelectual moderno amaba por encima de todas las cosas la prosa que se esconde dentro de las facultades retóricas gracias a la construcción de una dialéctica convincente, el intelectual contemporáneo es un gran admirador y defensor a ultranza de las poéticas bases de datos, bombardeando con enorme placer el espacio de discusión a base de cifras, fechas y demás anécdotas efectivas que castran toda posibilidad de un debate al puro estilo socrático. Será que antes existían los metarrelatos y ahora abundan las microhistorias, canjeando los soporíferos analásis del marxismo y del ser, prolijos en notas a pie de página, por sesudas observaciones postcolonialistas en torno a la nomenclatura de los restaurantes hindúes en Londres.

Para el intelectual de los viejos tiempos, la estética era una rama del incomensurable árbol filosófico que versaba sobre los una vez principios fundamentales del arte, mientras que para nuestro eficiente intelectual ultramoderno, la estética es la asignatura encargada de guiarle en la pose y la indumentaria de cada día para estar a la última. Aunque, por encima de éstas y otras disquisiciones en torno al producto más “meta” de la cultura occidental, el ser humano que vive a base de hablar sobre otros seres humanos que hablaron sobre algo, la diferencia más grande es que, hace tiempo, el intelectual tenía que ser inteligente y ahora, por encima de todas sus capacidades, tiene que ser listo.

Repensar el vacío. Con esta escueta pero pretenciosa frase podrían empezarse muchos ensayos y conferencias derivados de tan farragosa e intrincada aventura intelectual: volver a pensar la falta de contenido. El vacío, que padece los efectos de la retórica adolescente, sufre de una contradicción en términos: para hablar de lo que no es hay que utilizar siempre demasiadas palabras.

Cuando no hay más remedio que ser adolescente, el vacío es ese concepto todopoderoso y sublime dentro del cual se resumen todos y cada uno de nuestros conflictos de inadaptación social y pesadumbre individual. La retroalimentación hormonal es un enigma metafísico y el vacío es la noción favorita para definir las divergencias reflexivas de nuestra filosofía de andar y esconderse por casa. Por grave que parezca, cuando se atraviesa la pubertad es habitual, casi obligatorio, “sentirse vacío”, pudiendo afirmar que el vacío y la masturbación diaria son las dos constantes de la liturgia privada adolescente. Pero mientras que de adolescentes nos sentimos vacíos como un paisaje marítimo sin horizonte, de mayores la poética se cae dentro de las alcantarillas de lo ordinario y nos sentimos también vacíos, aunque esta vez como un frigorífico abandonado al que le arrebataron sus funciones básicas: mantener fresca la vitualla doméstica.

Y si, en la edad dorada del acné es frecuente recurrir a Nietsche, además de llenarse la boca con muchos términos grandilocuentes e ininteligibles para el singular adolescente medio deprimido en plural, en la etapa adulta el nihilismo deja de ser una pose cursi y afectada porque, para entonces, ya sabemos que no hay religión más dañina que la filosofía. Es ahí cuando cedemos las ausencias del espacio sin materia a la labor científica y la falta de gravedad al espacio interestelar para pasar a centrarnos en metáforas más mundanas, concretas y comprensibles. De mayores no nos sentimos vacíos: nos sentimos envasados al vacío. Nos sobran abismos y nos falta aire. Pero con una desgracia añadida: la de vivir en una era donde la obesidad comunicacional, el derrame hipertextual y la diseminación indentitaria no evitan que experimentemos la propia individualidad como una magdalena asfixiada dentro de su hermético envoltorio en las estanterías del supermercado y no ya como aquel sujeto perdido trascendentalmente en el desierto de lo real.