El termómetro predilecto de las sociedades tardocapitalistas  se llama éxito y divide a los individuos en dos tipologías: personas con éxito y perdedores, también conocidos como losers dentro del políglota mundillo moderno. Mientras que los primeros, ya desde su identificación, conservan la facultad definitoria del homo sapiens, además de detentar una preposición que anticipa sus múltiples pertenencias simbólicas, los segundos tienen que conformarse con un adjetivo para su denominación de origen sin destino.

La relación de un individuo con la sociedad está marcada por el éxito y, a su vez, su relación con éste está en riesgo permanente gracias a dos agentes que, con suma facilidad, pueden arruinar los buenos resultados de nuestras continuas negociaciones existenciales: el miedo y el fracaso. Lo peor de la combinación entre miedo y fracaso no es el miedo al fracaso sino el miedo producido por la posibilidad de fracaso. Aunque tanto el fracaso como el éxito sean básicamente una sensación, su impacto trasciende con creces el orden sensorial e inciden directamente en el desorden de las capacidades para una supervivencia triunfante que provoque muertos de envidia por todos los rincones.

Dentro del teatro de las representaciones sociales, el éxito es aquella circunstancia que concede a quienes la procuran con mayor o menor diligencia un rol más elevado dentro del hipotético catálogo de situaciones individuales dentro de una coyuntura determinada. El éxito, al igual que el poder, no es algo que se posee aunque, con una fulgurante tarjeta de crédito, se pueda comprar: es una circunstancia y, como tal, limitada en el tiempo y en el espacio.

Su alter ego, el fracaso, es un sentimiento que provoca continuas e intermitentes parálisis en la evolución de un individuo, por mucho que los manuales de autoayuda repitan que el fracaso es un avezado pedadogo y que la evolución es un concepto relativo puesto que ¿qué otra cosa podría decir esta excelsa filosofía del desamparo si sus cuantiosos beneficios económicos derivan del siniestro parcial del común de los mortales? El fracaso aparece esplendorosamente cuando uno opina que debería haber llegado muy lejos y siente que sus mayores logros del día se reducen a la satisfacción de funciones vitales básicas tales como dormir, respirar, comer, beber, comprar y caminar. No osbtante, este sentimiento que nos alimenta a base de frustraciones, penurias y demás miserias en conserva, es el máximo responsable de los grandes hits de nuestra cultura, desde la literatua hasta el cine, pasando por la ópera y la papiroflexia amateur en la barra de un bar. Incluso, de tanto en tanto, actúa como irrefutable organismo regulador de los índices de población, diseminando suicidas por las aceras, los ríos y las vías del tren.

La relación entre el éxito y el fracaso es un matrimonio en divorcio permanente, algo así como una historia de amor imperdonable entre el cielo y el infierno que, además, actúa por ósmosis porque, a fin de cuentas, él exito de unos siempre se mide en función del fracaso de otros. Pero, mientras que el éxito, como el Ibex, descuella; el fracaso, como la Inquisición, degolla.